Harold Pinter

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Hay quienes generan revoluciones a partir de la pólvora, de un estallido fugaz o del simple conflicto generado entre dos cuerpos. Existen hombres que derriban los muros de la inconformidad a golpes de martillo o con la espada desenvainada.

Pero existen otros cuyos parámetros se miden por otras reglas, personas que detrás del papel y pluma convierten el pensamiento en un arma capaz de detonar una bomba aun más poderosa que la de Hiroshima. Existen ya pocos de esos, quizás desaparezcan o simplemente se oculten en la memoria de la historia

Harold Pinter era uno de esos hombres.

Un pensamiento cuyo ideal sobrepasaba las limitantes moralistas, desencajando completamente de toda estructura socia capitalista y tirana, un escritor que se convertiría en un parteaguas de las artes escénicas y cuyo legado ha sido una fuente prolífica de estudio y discusión.
Aquí compartimos el video de su discurso, momentos después de haber recibido el premio nobel en el año 2005

Yo, el Tarot

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Los arcanos indescifrables del saber, han llevado a diversas interpretaciones de la realidad, de una realidad carnívora, omnipresente y muchas veces devastadora. Sin embargo dentro de esa cotidianeidad mundana y destructiva existen otras lecturas, otros referentes que conllevan todo un proceso iniciático y analítico por el cual se puede acceder a otras puertas, a otros caminos.

Jodorowsky, el hombre de la alquimia, del embrujo, de la sicomagia y la transfiguración artística Repliega todas esas preguntas, todos esos signos ocultos de la existencia en un solo lugar: el tarot.

Sobreviviente de los múltiples designios de la inquisición y del pensamiento hermético de siglos pasados, el tarot se revela como una luz que evidencía  pensamientos y preguntas ocultas dentro de la vida y el mundo.
Yo, el tarot, un libro enigmático y apasionante para todo lector que se aventura en el sendero de sus páginas.

Sylvia Plath

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Cuando la contingencia de la vida nos rebasa, no asfixia…la única salida puede volcarse en las letras.

Sylvia Plath, un suspiro que va más allá de la poesía y de la superficie humana.

Una de las escritoras más grandes en la historia de la literatura universal, cargada de una poesía sumamente profunda y enérgica, esta mujer cuyo talento despertó desde una muy temprana edad, ha sido todo un punto de partida para comprender el fenómeno poético y literario de la actualidad.

 

  

 Amapolas en julio

 

  

Pequeñas amapolas, llamitas infernales,
¿es que daño no hacéis?

Se apagan y reviven. No puedo tocarlas.
En su fuego pongo las manos.  Nada se incendia.

Contemplarlas me consume
Llameando así, su rojo ajado y brillante como piel
de alguna boca.

¡Una boca recién ensangrentada
pequeñas faldas sangrientas!

Hay efluvios que no puedo asir.
¿Dónde están tus opios, tus asquerosas cápsulas?

¡Si pudiera desangrarme y dormir! —
¡Si pudiera mi boca unir a una herida así!

Oh, vuestros líquidos rezuman en mí, cápsula de vidrio
Apagándose y aquietándose.

Mas, sin color, sin color.  Descoloridamente.
 

Diablo Guardián

Una mañana puedes levantarte con buenas intenciones, pero si el día anterior se te ocurrió llamar al diablo, va a ser él quien se encargue de tus intenciones.

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Uno se deja seducir de manera tan normal, tan sencilla, como si la vida hubiese sido planeada por una casualidad caprichosa y desinteresada, solo basta unas palabras, un escote ,una simple y llana afirmación camuflajeada de pregunta, para que todo, absolutamente todo, se desborde.

Diablo Guardián, uno de esos libros que nacen del riesgo, desde ese deseo absurdo de auto flagelación placentera, del impulso inquietante por, como dirían por ahí, romperse la madre en fragmentos y en dosis pequeñas pero repentinas.

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Xavier Velasco disecciona, esculca por los poros de Violetta para llegar a una historia implacable, por demás adictiva y singular, que convierte a una joven chica citadina en una cuasi heroína del siglo XXI.

Diablo Guardián, premio Alfaguara en el año 2003, es ahora la recomendación de esta semana en Pateando Piedras.

Literatura: ¿Por qué se murió Paris Hilton?

Por Gilberto Lastra Guerrero

LAS PAREDES ESTABAN manchadas con gotas de sangre, como si las hubieran lanzado al azar. Pero sólo había un cuerpo sin rasgos de violencia, salvo el charco de sangre que seguía la silueta de la muertita; una sandia con marcas de dientes el otro lado de la recamara. El Comandante Bambi llegó con sus compañeros de guardilla a la escena, salieron, y regresó solo a los 45 minutos después del aviso en la Policía Ministerial. Se peinó el copete. Entonó las primeras frases de: ¡Dicen que ya no me quieres cabrona!, y se lanzó al suelo para verificar el estado que se encontraba la fruta. Mientras bajaba su cara al ras de suelo, no dejó de imaginarse que estaría en la persecución de un delincuente que le gustaba coleccionar pieles de mujer para hacerse un vestido con lentejuela, o estar por resolver todos los casos de las muertas de Ciudad Juárez. Movió un poco la sandia, y la llevó a la sala. Regresó. Tomó el cuerpo, y con ligera inclinación buscaba por debajo de la espalda las laceraciones (que era sólo una herida pequeña por la bombilla de un foco quebrado en el piso), hechas por el novato asesino, como lo calificaría este investigador, hecho a imagen y semejanza del algún personaje de Beverly Hills 90-210. Pero al no encontrar ninguna, dejó caer el cuerpo y el charco de sangre se esparció más. Dudó un momento e inclinó por completo la espalda de la muertita, pero la holgada nariz de su cara, no le permitía el giro de ciento ochenta grados.

(¡That’s hot, That’s hot, That’s hot! Ya me tenía hasta la madre, mamá. Siempre decía lo mismo. Siempre arremedando a esa tal Paris Hilton. Que ganó la presidencia Caldera Chamagosa. ¡That’s hot! Qué fuerte, ¿no? Cada vez que repetía eso, de muy dentro de mí tuve unas ganas irrefrenables de meterle cualquier cosa por la boca, cualquiera: el tenedor, las tenazas, el control de la tele, una manzana, lo que me encontrara. Varias veces la amenacé con la pistola en su hocicote, y otras con unos pepinos la callé. Pero no entendía. That’s hot! ¿Quién sabe que habrá sido de ella? Me dijeron que andaba con los brigadistas de un candidato popular. De esos de sonrisa galante. Y que son místicos porque dicen tener el toque de Dios, y por eso son los que deben de dirigirnos. Mi chavo, ¿te lanzas a Perú? Le pide el hermano Francisco Salas que acababa de platicar con su madre).

Tienes el caso, Bambi. Pero, por favor, por favor. No te lleves a tu novia a follar junto a los muertitos. La última vez todas las pruebas que teníamos las embarraste con tu semen y toda la moronga en el piso, y Salas se nos peló. Ya fui a ver a la occisa. ¿Y qué encontraste de bueno? Una sandia. Bambi, no vamos a empezar con pendejadas antes de comenzar las investigaciones. Qué no ves que el procurador no nos va a creer. Y con la cosa que le vas a salir. De verdad, había una sandia en la escena del crimen. Lo que no comprendo todavía, es porqué a la jovencita ni la violaron ni mutilaron. Lo único que tenía era una herida en la espalda, por donde evacuó toda la sangre alrededor del cuerpecito tibio y lindo. Es un crimen atípico. El atípico eres tú. Dile a los del servicio forense que me manden todos los exámenes; los toxicológicos, de dióxido de carbono y carbono 14; los de sangre y por si las dudas los de SIDA… A lo mejor es uno de esos asesinatos pasionales porque le pegó los piojos. Y chin… Que se la echa toda. Ok. Pero no creo que sea de esos tipos de muertes. A mí se me hace que… A ti se te hace que te apuras con el material…la mató “Miringo” Salas. Toma a tu equipo y lánzate.

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Hombre de las nieves

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Comandante Bambi

Píchate las chelas

Después del rezo subieron la camioneta y dejaron la procuraduría. Prendieron las torretas, y dieron una agreste vuelta antes de que el sonido de la sirena se perdiera entre los ruidos de las maquinas de escribir. Peiro se lamentaba el haberle dado el caso al soñador comandante. Al llegar al lugar de la llamada, una señora que no soportaba el mal olor de una bolsa de plástico, que tapó por varios días las cañerías: dentro de la bolsa, un brazo mutilado con varios días de encierro golpeó por su estado de putrefacción el rostro del principal colaborador del encargado de los Asuntos Internos. A lo que casi a punto de vómito: Este perro ya no sirve ni para barbacoa.

 

La copa se llenaba de fermentación de uvas, de años de historia, de prestigio y clase, del proceso de azúcar y de alcohol a vino, seduciendo, y embriagando a la sangre. ¿Rioja? Por favor. “Peiro el nuevo encargado del departamento de Asuntos Internos”. Con todas sus complicaciones. Salud, Ofelia Andugo responde, con una ligera inclinación de cabeza y una sonrisa. La relación se añejó entre la periodista y el funcionario desde que lo desemplearon, por falta de capacidad profesional para resolver los primeros dos asesinatos de la administración estatal anterior. Le dieron la oportunidad de reivindicar su posición y: “Ese caso de la mutilada está fuerte ¿no?” Las pistas que tenemos son los miembros y la recamara donde mataron a una muchacha. Pero la sangre en la pared del cuarto empata con la de la sobrina de Quijano. Lo que me sorprende es la forma cómo entregaron los pedazos: uno en la casa de una anciana y el otro en la central de autobuses. “¿El cuerpo no lo encontraron?” En mi equipo hay puros negados para esto. Trabajo con el Comandante Bambi.

Andugo ríe por el sobrenombre, pues puede ser el factor para el nuevo despido de Peiro, y otra vez: “¿Cómo piensas investigar, armar las piezas? Si te están entrecruzando las pruebas”. Hasta que no encontremos el cuerpo, no podemos saber cómo empezar. El otro homicidio es imprudencial. La casa es de un vendedor de crystal. Siempre hay gente circulando. Hay muchachillas que van saliendo de la escuela y se dan sus acostones con Salas para que les dé drogas. “¿Protegido?”. Es base. Se la pasa de un lado a otro. Trae coca de Perú en hojas de libros, y otra encapsulada; la rebaja y la manda a Phoenix. Casi se queda sin gente porque se la agarran en las aduanas, van como seis extraditados por delitos contra la salud. Consigue muchos ahorcados de lana y los manda. En los cateos que hemos hecho no encontramos nada en su casa. Está limpio.

(¡Cabrón, no hagas panda a la becerra!, dijo con aspavientos Miringo a su hermano. Continúa con las frases de convencimiento para que el más pequeño de los Salas, lleve el paquete a Lima: Ya no estamos en el rancho. Trajimos a mi amá a la ciudad para darle mejor vida. Sólo tienes que llevarte el cuerpo bien retacadito de mercancía, y dices que es una turista muerta por lanzarse de un cañón con un paracaídas que no sirvió. ¿Pues no que te molestaba tanto la frasecita? Hasta mi mamá la quiso callar varias veces. El otro se incorporó de un salto: ¡Te equivocaste de vieja! No carnal, todo está perfectamente medido).

La camioneta oficial avanzaba con pericia por las calles de la ciudad. En cada boulevard  la tensión subiendo cuando el piloto rebasaba por la derecha. Andaba de un lado a otros de los carriles, y la sirena se pierde a la distancia. La gente dentro de los autos que esperan la luz verde, los miraron pasar y dentro de la patrulla: ¿Anduviste con la sobrina de Quijano? Tú la mataste, pinche Bambi. “Nel.  Yo la vi una semana antes de que la mataran. Cuando le caímos al Salas en su changarro te platiqué. Te daba risa el ¡That’s hot!  El Miringo se encabronaba cada vez que la arremedaba. A la chava se le quedó la frasecita. Y lo mejor… Es que la usaba para todo. Y más cuando nos dábamos de revolcadas en la cama. Dijo una vez que fue a Grecia y en uno de esos antros fifís se encontró a una tal Paris Hilton. Y repetía mucho esa frase de aquí para allá”.

Esto no es “hot”. ¿Por qué no me dejas salir? Yo no te he hecho nada malo. Tengo que ir con los brigadistas. El candidato tiene cierre de campaña, y tenemos que estar todos. ¡Suéltame! ¿Qué son esas cosas que traes en bolsa que apesta tanto. (Este cabrón me quiere coger. Nada más es eso. Pero esa bolsa, ¿en esa bolsa qué trae?). Yo quiero a tu hermano, por favor, ¡suéltame! Prometo que ya no voy a decir “That’s hot”. Pero déjame ir. Ya no aguanto el olor de ese perro que traes. Nada más venía a ver a tu carnal para que me diera un pegue de crystal. Me tengo que ir. (¡Ah cabrón!, ¿a quién mató este pendejo?). No puede estar pasando. ¿A quién mataste, Miringo? Deja de golpear las paredes con esa pierna, por favor. Ya me asuste. (¡En la madre, este pendejo salió asesino…!).

(Ya se acabó. No siento nada. El pinche Miringo me mató. Se me hace que son mis piernas con las que le pega a la pared. No, era la que traía en la bolsa. Este compa ya me mató porque no siento nada. Nomás sentí un piquetito en la espalda. Y su hermanito ni las manos metió, ¡qué cuquis! Si le dije que ya no iba a decir “That’s Hot”.  Es que ¡cómo me pasa esa frasecita! La Paris es bien chidota. Un día voy a ir con ella a Mimokos, allá en Grecia por donde se pasea con su “matón”. Y probar de ese vinote que hace burbujas. ¡Ah, pero si ya me mató este güey! Lo bueno es que ya no voy a regresar a la colonia. Que se le caiga el techo a la cabrona de mi mamá. Para que me manda meter con sus viejos. Ella los trae y conmigo se acuestan. Si de jodidos nunca salimos. Lo bueno es que me dejó con los ojos abiertos, pero ya me encandiló la luz del foco. Se anda robando los focos de los taqueros para hacer unas chalupotas para el Cri cri.  Ya no sabe qué hacer conmigo. Me anda jaloneando de un lado para otro y sigue azotando la pierna contra la pared.

(Llegó la jefa. ¿Para qué me abre la boca, ñora? Si lo bueno es que ya estoy muertita, porque la sandía que me quiere meter, no entra ni con calzador. Siempre le quise decir a la señora que estaba bien ondeada, que se le van las cabras, gachote. Pero el Saúl, ya no me iba a querer dar mi dosis de macanco después de la escuela. Es que me pasa un buen el chichiflín. Lo bueno es que ya estoy bien muerta. Me encanta estar muertita. Las enfermas de mis amigas me van a extrañar. ¿Por qué se fueron todos?… Lo que me faltaba, un compa que me quiera dar pa’ mis chicles. Qué no se da cuenta que estoy muerta. Y todavía sus amigos le echan porras. La muerte me sienta bien. Ya no pasa nada conmigo. Nada. Estoy en el paraíso. Ya no siento asco. Aunque tenga encima a un poli. Ya se bajó. ¿Otro?… ¿Otro?… ¿Otro? ¡Ya párenle! Pos, ¿qué querrán? ¿De qué se ríe el que se quedó solo? Me quiere dar la vuelta. Ojala no me deje boca abajo no me voy a poder ver como en las películas. De esas policíacas donde El Santo pasa en su Jaguar plateado. Me van a llevar en una ambulancia como las de Tin tan y me pondrán en una plancha. Alguien va a contar mi historia. Entonces yo le voy a aconsejar para que no meta la pata. Y diga que no tuve tantos novios ni que salía con los candidatos a pistear, ni que me meto chichiflin hasta por las orejas, y que los amigos de mi mamá nunca me pusieron una mano encima. Tengo que preparar bien el guión. Chance y hasta algún día sale mi biografía en “E True Hollywood Story” y me haga famosota. Entonces si pueden decir que era bien atascadota. Que igual de reventada que la Paris Hilton).

Después de la copa de vino es un café el que comparten Peiro y Andugo. Y de nuevo la cantaleta de los infelices despidos. Andugo y Peiro repetían la misma escena, el mismo lugar, sólo que meses después: “¿El cuerpo lo encontraron?” No. Nadie pudo identificar nada, sólo los miembros. Pero de qué sirven. El procurador no me dejó ni siquiera explicar que fue los que pasó. “Y si no tenías nada de pruebas, ¿qué le ibas a explicar?” Pues que el cuerpo de la sobrina no lo íbamos a encontrar por ningún lado, porque tengo la teoría que se la llevaron para traficar con sus órganos. “En verdad no lo creo. ¿Para qué quieren el cuerpo de una reventada? La niña era medio aturradita”. Pues eso sí lo sé, pero tengo que justificar que no encontré el cadáver. Todo antes que me vuelvan a correr. “Oye, y sí le dices que el cadáver lo usaron para mandar droga a otro país y a ella la hicieron pasar por extranjera y se la llevaron a su país de origen”. ¿Cómo crees? Eso es una locura. Ni a Miringo Salas se le habría ocurrido.

Esto no es “hot”. ¿Quién diablos me metió en esta bolsa? No es cool. Que ni se les ocurra pegarme porque mi tío los va a capar. ¡Ábranme, cabrones! ¡Jani y Peter, déjenme salir! Si no, rajo con su papá que ustedes atropellaron a la chacha. (Esto se está pasando de la raya). ¡Sáquenme! (¿A dónde me llevan?). Por favor, esta bromita ya se está pasando de la raya. (El bronceado se va a echar a perder con tanto zangoloteo. Estos hijos de puta me van a echar a perder el make up. Toda la tarde en el estilista para que me tengan en una bolsa metida en una cajuela  y me lleven a no sé dónde. Es una fiesta sorpresa. Sí es eso, una fiesta sorpresa. Me van a festejar mi cumple. ¡Pero es mayo!). ¡Sáquenme de aquí! (¿Por qué dicen que me van a llevar a despoblado? ¿Para qué quieren las vías del tren? ¿Y para qué quieren llegar a las seis? No quiero morir. Tengo pendiente un viaje a Mc Allen y otro a Londres con la Chiquis. Tengo novio. No puede ser que alguien me quiera matar). Soy Popular. Soy la Reina Telcel: no me maten. No se vale que dos desconocidos me quieran matar. ¿Por qué me pegan? Yo que les hice nada. No quiero que me griten. ¡Sáquenme de aquí!

(Upss… ¿qué es esa luz tan brillante y que da tranquilidad? ¡Es una fiesta de espuma! No lo puedo creer. Una fiesta de espuma cómo las de Ámsterdam. ¿Y esa otra luz? Ya me quitaron el encanto estos nacos. ¿Por qué me sacan de la bolsa? A este par no los conozco. ¿Quiénes serán? Parecen los valet parking del Tec. Pero no, ésos están más cenizos. ¡Son los del Club Cien! Ese nuevo que siempre me miraba con ojos de lujuria. ¡Ah, caray! Son los que andaba persiguiendo mi tío. ¡En la mauser! Ya me fregué. Adiós Las Vegas, París, Grecia y el Spring break. No. Esto no me puede suceder. Yo no aborté a dos niños. Esto no es karma. Me traen como me ponen las tachas: todo se mueve. Veo pasar las ramas y los troncos. Empieza a llover pero no me puedo mover. Esto parece un clavo y muchas piedras. ¿En dónde me tiraron estos brutos? ¿No saben en cuanto me va a salir la hojalateada? ¿Por qué está pasando el tren? No me quieran mutilar las piernas. Tanta horas de bicicleta para que me las quieran cortar. No soy del Yunque. Es más, deje las porristas porque me querían llevar a misa. No es justo que muera en el olvido de la civilización.

(Otra vez de viaje. No puede ser. Voy a llegar tarde a la party de la Yuyis. Pero estoy muerta. Bueno… Eso es lo que me imagino. Sino por qué no siento nada. Y ya son varias horas las que me han traído a vuelta y vuelta desde que me acuerdo. ¿Dónde me pusieron ahora estos señores, hijos de la Funky? Están hablando que me quieren rellenar. ¿De qué? Si las costillas las tengo chiquitas y bonitas, con unos senos abombados y lindos. No creo que quepa mucho de lo que quieren meter. Algo que se llama Cri cri. ¿Cri cri?

(¿Pues qué quieren hacer conmigo? No entiendo nada. Le está diciendo como se tiene que mover para llevarme a la “pollada”. No sé que sea eso de “pollada”. Debe ser una fiesta con pollos, como en las que venden hot dogs, y tiene el nombre de perrada. Qué científica me oí. A mí se me hace que hay caníbales en Perú. Suena como salvajón ese país. No es nice ni hot ni intenso ni fuerte. Es un país naco. Voy a comunicarme por telepatía con estos chavos. Me van a escuchar. Pues qué se traen. Van a llevarme con las Yuyis.

(¡Me quedé coja! Acabo de ver pasar mi pierna. No. No… No. ¿Qué hicieron conmigo? ¡Mi brazo! ¡Hijos de puta, eso no es cirugía! Son unos nasty. Salvajes imberbes. Regrésenme mi pierna porque me voy a bajar del carro. ¿Por qué me subieron si no quiero viajar? Esto no es un taxi. Pero me llevan en el asiento de atrás.

(Me puedo ver en el espejo. Traigo bien ruborizadas las mejillas. Pero qué chiste. Yo me las pellizco, y éstos me las hicieron a moquetazos. Tanta educación y refinamiento, para que de buenas a primeras me tengan en el asiento trasero del carro de unos desconocidos, asesinos, y que me sostienen la cabeza con la mano. Ya que había aprobado mi beca para irme a China. No puede ser. Eso no es justo. Tanto tiempo que tarde llenando las formas. Bueno, primero para que las llenara como debía ser; y la segunda cuántas veces me las corrigieron los mamucos de la secretaría esa a la que fui.)

¿Ya ves, Bambi? Ya podemos ser internacionales. A lo mejor y hasta nos llevan de espías a la CAI. A la CIA buey. Que no sabes que somos tan efectivos que nosotros desde aquí resolvemos los de todo el mundo. Y mira lo que dice el periódico: Repiten patrones de muerte de Paris Hilton en Durango, Mex. Pos yo qué te puedo decir, tú eres el jefe del escuadrón. Recemos por el alma de las difuntas:

Torre de Babel

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Caquita de Chango

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Hijos de Lynn May

Presten a su madre

Hombre de las nieves

Píntanos de blanco

Paris Hilton

Gracias por quitarnos a Peiro

Gilberto Lastra Guerrero, poeta, narrador y periodista. Textos suyos se han publicado en varias revistas de circulación nacional, y en Brasil y Portugal. Cuenta con tres libros publicados Génesis del Holocausto, El Coloso y Óleos Imperfectos. Seleccionado para la Antología de Poesía Mexicana 2006, del Fondo de Cultura Económica a cargo de Pura López Colomé. Parte de sus libros se encuentran en la Universidad de Yale en los Estados Unidos.

Imagen: Aimaness Photography

Michel Houellebecq

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¿Por qué los pesimistas escriben tan buenos libros?

Siempre me hecho esta pregunta en la medida que leo a grandes autores como Camus, Miller, Muller y últimamente al asesino de esperanzas: Michel Houellebecq.

Sin duda un crítico despiadado de la moral contemporánea y de las estructuras sociales establecidas, contando con un ligero sentido de ironía y sarcasmo. Houellebecq crea todo un mundo de interrogantes y de teorías acerca de la decadencia progresiva de las sociedades y del hombre en general.

Las partículas Elementales, novela publicada en 1998, es considerada actualmente un parte aguas dentro de la historia de la narrativa francesa. Hoy en día Houellebecq , pertenece a esa lista selecta de seres pesimistas, entrañables y sublimes.

El cazador

J.R. prende la computadora. Afuera hace un día gris y asfixiante. Antes –recuerda, mientras su asistente, M.L, le sirve un café aguado con una sonrisa tímida- los días habían sido distintos. Antes –mucho, mucho antes- su vida había sido distinta. Le parece recordar que hubo días de sol alguna vez, antes de que comenzaran las lluvias. ¿Cuándo empezaron las lluvias?¿Cuántos años ya? La pantalla parpadea y J.R ajusta el monitor. Como cada día, abre el programa para revisar una infinita lista de IPs.

Enciende la impresora y ésta escupe una interminable lista de peticiones. No se puede fumar, pero de todas formas J.R prende un cigarro. Nadie viene nunca a esta oficina de todas formas. Las IP’s parpadean frente a él, esperando. Esperando.

-Un número del uno al cien- pide J.R sin mirar a su triste asistente

-¿El trece?

-Va

Ella responde sin mirar, como cada día. J.R se pregunta si M.L sabe que está delegando la responsabilidad de la muerte sobre esta elección aparentemente inocente. Probablemente lo sepa, porque cada día M.L se ve más desmejorada. Como él. Como todos. ¿Cuándo fue la última vez que vio el sol? Vagamente intenta recordar si es normal que las lluvias duren tanto. Abre una pantalla con los datos de la IP número trece. Un nombre de hombre que no le dice nada. Podría ser cualquiera, incluso él mismo. Pero ya no se pregunta de quién se trata. Simplemente copia los datos y los envía a la central. Rutinariamente. Sabe que probablemente esté enviando al hombre a la muerte, pero prefiere no pensar en ello. Prefiere tratar de recordar los días de sol. Los días en que soñaba con abrir una página web donde la información se construiría entre todos. Los días en que abrir un blog no era un acto suicida. Los días en que teclear la palabra equivocada en la barra de búsquedas de Google no significaba poner en marcha un perverso e infalible sistema de caza y captura. Los días en que él era quien tecleaba esas palabras, y no quien estaba del otro lado de la pantalla, cazando nombres sin piedad, al azar.

Los buenos días de la web. Los viejos buenos días, antes de que comenzara a llover. Cuando cazar IP’s lo hacía por diversión y no en una oficina donde no se puede fumar y aún así se fuma.

-Un número del uno al cien- pide de nuevo J.R. Sin girarse. Esta vez M.L no contesta.

-Un número del uno al cien- repite. Ahora si la mira. ¿Pues qué le ocurre?

-El sesenta y ocho.

-No, ese no, dame otro.

-El sesenta y ocho- insiste ella.

J.R. aplasta su cigarro en el cenicero. ¿Cuánto hace que no sale el sol?¿Quizá afuera esté saliendo el sol ahora mismo. ¿Cómo saberlo? M.L observa sus movimientos cuidadosamente. La mano sobre el mouse. La otra tamborileando sobre el teclado. Indecisa. El cursor del mouse deslizándose suavemente sobre la pantalla parpadeante. Dudando. Dudando. ¿Cuánto hace que no sale el sol?

Imagen: PateandoPiedras

Cero amenazas

México D.F., año 2015
En el año 2011, fue promulgada la reforma de la Ley de seguridad Nacional, después de causar mucho revuelo en todos los sectores de la vida nacional. En teoría, el objetivo de la ley era proteger la seguridad del Estado. En la práctica, la ley sirvió como fundamento legal para que los militares ejercieran la arbitrariedad libremente. Cansados de los continuos abusos, ha nacido un movimiento insurgente: un grupo de personas dispuestas a acabar con aquella situación.
I
—Presidente, hay una amenaza en Cuauhtémoc.
—¿Otra más? Ya es la cuarta de esta semana.
—Sí, señor. Parece ser que los insurgentes están organizándose. Nos indican que están formándose bastiones por todo el país.
—¿Las comunicaciones permanecen intervenidas?
—Como siempre, Presidente— respondió lleno de ironía.
—Bueno, General, ¿Qué está esperando? Las órdenes son las de siempre. Eliminen a las amenazas.
—¿Y el procedimiento?
El presidente lo miró lleno de desdén.
—¿Cuál procedimiento?
El General asintió. Enseguida, tomó el teléfono y dio la orden de que fuesen detenidos todo aquel que resultase medianamente sospechoso. Claro estaba que él podía hablar confiadamente por el aparato. Tanto él, como un privilegiado círculo de allegados al gobierno podían mantener con seguridad largas conversaciones. Sus líneas estaban seguras.
II
En alguna calle de Cuauhtémoc
—Usted no tiene derecho a transitar por esta zona.
El hombre se dio la vuelta, y vio que el militar le estaba apuntando directamente a la cara con su arma.
—Disculpe, oficial…
—Coronel— le espetó, mientras mantenía el arma en la misma posición
—Está bien, Coronel… Como usted diga, pero, ¿Cree que habría alguna posibilidad de bajar esa arma?
Martínez soltó una sonrisa sardónica. Tener todo aquel poder le resultaba el vicio más placentero.
—Sabes que te puedo disparar ya mismo en la cara. Sólo con decir que eras una amenaza para la seguridad del Estado es suficiente para lavarme las manos.
—Algún día pagarán todas las que han hecho.
—Me está faltando el respeto.
—Sólo le digo la verdad— masculló.

Con la mirada llena de ira, bajó el arma lentamente, mientras el hombre tragaba grueso. Por algunos milisegundos tuvo la sensación de haber evadido la amenaza, pero al captar la lujuria que despedían sus ojos, supo que aquello sólo había comenzado. De repente escuchó un disparo, y sintió un profundo dolor en su pie derecho.
—Estás arrestado, por desafío a la autoridad.
Aquel hombre quiso soltar un aullido de dolor, pero sabía que aquello no haría más que complacer la sed de sangre de aquel asesino con placa. Para su pesar, no logró dominar sus rodillas y estas flaquearon ante la sensación de dolor. Rápidamente todo su peso se derrumbó en el suelo. Lo siguiente que sintió fue la punta de la bota clavarse directamente en su estómago, acompañada por un escupitajo.
—Levántate, cabrón.
Su voluntad entera se debatía si entre hacerle caso a ese “Coronel”, a pesar que hacerlo implicaba hacer un esfuerzo casi sobrehumano; o si quedarse allí tirado, deseando su muerte. Lo único que pudo darle por toda respuesta a su orden fue un tosido acompañado por sangre.
—Si quieres mátame— decidió finalmente.
—Si tú me lo pides…
Lo último que escuchó aquel hombre en su vida fue el sonido sordo de ese disparo.

Paola Maita
@microSuenos

Imagen: European Parliament

Tu nombre en la noche

Cuando me despertó el chirrido de las llantas al frenar violentamente junto a mi edificio no tuve que mirar por la ventana para saber quiénes eran. Tampoco habría visto gran cosa si me hubiese asomado, porque era noche cerrada. De todos modos, preferí no hacerlo. Hacía tiempo que esperábamos su visita. Sin embargo, no podía evitar preguntarme de cuánto tiempo disponíamos… ¿Cuánto tiempo hasta que llamasen al timbre?¿Cuánto tiempo hasta que algún vecino les abriera la puerta?¿Cuánto tiempo hasta que subieran las escaleras y golpearan en nuestra puerta?¿Cuánto tiempo hasta que…? Y, lo más importante: ¿qué íbamos a hacer con esa pequeña fracción de tiempo disponible?¿Seríamos lo bastante rápidos?¿Nos paralizaría el miedo?

El plan había sido ensayado muchas veces. Habíamos tenido mucho tiempo para practicar. Naturalmente, la cosa no había empezado al día siguiente de la aprobación de las reformas de la ley. No, eso hubiera sido demasiado evidente. Después de que la llamada Ley de Seguridad Nacional fuera cambiada y sus reformas aprobadas en el congreso, el ejército comenzó a detener a presuntos malhechores. Entraban en sus casas de noche, se los llevaban y nunca nadie volvía a saber de ellos. Al principio nos alegramos, como todos. ¿Cómo no alegrarse? Al fin y al cabo, se trataba de delincuentes, de narcotraficantes, de asesinos, de torturadores. O por lo menos eso nos decían. Las cosas habían llegado a tal extremo en el país que incluso nos pareció que la situación mejoraría. Por lo menos, nos decíamos, ahora se estaba haciendo algo.

Luego, las cosas comenzaron a cambiar…dejamos de ver la tele cuando amigos de amigos empezaron a desaparecer. Incluso en la capital, que hasta entonces había sido el último reducto seguro del país, la gente desaparecía sin dejar rastro. Recordé haber leído en algún lugar que eso ya había ocurrido en otras dictaduras, en otros países, en otros tiempos. Pero nosotros –pensábamos aún- no vivíamos en una dictadura. Una noche los oí frenar en mi calle y oí el grito desesperado de una mujer antes de que la metieran a culetazos en el carro. Gritó su nombre. Creo que era su nombre. Un nombre de mujer en cualquier caso. El nombre se quedó flotando en mi memoria y supe que esa mujer, a quien no conocía, nos estaba pidiendo a todos nosotros –testigos silenciosos de la barbarie cometida con nuestro consentimiento- que le dijéramos a alguien, a quien fuera, que ella ya no estaría más.

Pero incluso sin ver la tele las noticias llegaban. Llegaban a través de sms’s, a través de cadenas de emails con la lista creciente de los nombres de los desaparecidos, llegaban a través de Facebook en forma de peticiones desesperadas, como fuera llegaban. Los postes de luz comenzaron a cubrirse de fotocopias en blanco y negro con los rostros de los desaparecidos. Caminar por la calle era una tortura. Los rostros, jóvenes o viejos, guapos o feos, te veían acusadoramente. Y te avisaban de que tú podrías ser el siguiente. Y el miedo, el miedo atroz, permanente, que te paralizaba los huesos.

Fue cuando desaparecieron a mi cuñada y a su esposo que el miedo pareció quebrarse. Se llevaron a los niños, también. Mi esposo salió a buscarlos en vano. Recorrió todos los hospitales, todas las comandancias, todas las morgues. Llamó a todas las puertas y a todos los contactos, pero evidentemente, no sirvió de nada. Mientras tanto, yo miraba a mis hijos y pensaba en qué haría si llegaba el momento. En qué haría cuando llegase el momento. Porque llegaría. Ahora sabía que llegaría. No necesité esperar las llamadas anónimas para saber que mi esposo estaba siendo incómodo y que sus preguntas molestaban. Tampoco tuve el valor para decirle que lo dejara estar, que nunca iba a encontrarlos, que lo que hacía nos ponía en peligro. Lo único que pude hacer fue pensar en un plan desesperado. En cómo aprovecharía esos últimos segundos para tratar de poner a salvo a los niños. Hablé con la vecina y lo dejé todo dispuesto. Vendrían a por nosotros, pero tal vez lograríamos salvar a los niños.

Y me senté a esperar a que llegara esa noche en que el chirrido de las llantas contra el asfalto me despertaría.

Corrí entonces a despertar a los niños. A empellones los saqué de la cama mientras abajo, en la calle, el timbre comenzaba a sonar. A rastras los empujé por el pasillo hasta llegar al departamento de la vecina. Sabía que estaba despierta. Tenía que estarlo, como todos los demás. Hacía meses que nadie lograba conciliar un sueño profundo en el país. Y yo estaba tan cansada.

Todo ocurrió muy deprisa. Me cubrieron la cabeza y me bajaron a golpes por las escaleras. Oí los gritos de mi esposo pero no logré distinguir que decía. Luego, estaba dentro de una camioneta. Había más gente allí, sentí sus respiraciones, pero no decían nada. Oí pasos y otro cuerpo cayó sobre mí. Supe al instante que era mi esposo, pero parecía inconsciente, porque no respondía a mi voz. La pick-up no arrancaba todavía. ¿Qué esperaban?¿Era parte del juego?

Los oí entonces. Los gritos de mis hijos. Y entonces, cuando la camioneta al fin arrancó, grité mi nombre. Quizá para que me oyeran los niños, donde fuera que estuviesen. O para que alguien, en algún lugar, supiera que ya no estábamos.

@europaenllamas

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Imagen: Stuant63

EL Libro de la semana : Metro Pop.

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A decir verdad yo tampoco creo en la salvación, ni en la redención global, incauta y utópica. Mi creencias se los llevo el consumismo, y las deje envueltas junto con la cajita feliz del McDonald’s. Camino hacia ninguna parte pero yo a veces me engaño diciendo que voy avanzando, que las cosas cambian, así como las calles que habitan la ciudad.

El desencanto me llego de repente, como un pequeño dolor de estomago, como una punzada que deja detrás una sensación de vacío y asco. Respiro solo lo suficiente para mantenerme de pie, después continuo la parodia, aun estamos aquí viéndonos y lamiéndonos las heridas.

Metro pop, un libro que instala su pesimismo en la melancolía de los intentos fallidos, en la vida de un tipo como cualquier otro que busca o aparenta buscar una felicidad inconclusa.

Una visión que rescata ese México sin identidad, ese sincretismo entre la cultura gringa y la mexicana, aquella mescolanza postmoderna de música pop, comida chatarra, películas de autor y cultura rave.

Fran Ilich, nos presenta uno de los libros más radicales de los últimos 20 años en México.

El Video de la Semana

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Un impactante homenaje al cineasta John Carpenter director de películas de clásicas  como Halloween y The Thing, llega a nosotros con una genialidad sobresaliente en la técnica del stop motion, al igual que una destacada musicalización la cual corrió a cargo de la súper banda Zombie Zombie.

Una gran recomendación para amantes del género y personas que gustan del cine de terror.

El aguador de Castilla (alegoría de la Ley Sinde)

Pues resulta que en un pueblo de Castilla vivía un aguador que daba servicio a toda la población. Su padre, el padre de su padre y el padre del padre de su padre se habían pasado la tradición de generación en generación.
Su profesión requería varios trucos para que el negocio saliera bien: cobraba la tinaja de agua a seis reales; por el camino del río a la casa del cliente, paraba en la suya y dejaba 2/6 de tinaja; también pasaba por la casa del ceramista, que era el terrateniente del pueblo, y le dejaba de forma gratuita 1/6 de tinaja de agua (luego él le dejaba las tinajas a mitad de precio); como era sumamente torpe, en el camino se le derramaba casi siempre otro sexto de agua (menudo despilfarro); y por último, el Alcalde del pueblo le imponía unas tasas de 1/6 tanto del agua como del dinero (en total 1 real). En definitiva, al cliente sólo le llegaba 1/6 de la tinaja de agua y pagaba los seis reales, como si fuera a disfrutar de la tinaja entera.
Un buen día, los habitantes de este pueblecito de Castilla se cansaron y se reunieron. Acordaron pagar al herrero 20 reales por habitante y 3 reales más al mes cada uno si les instalaba y mantenía una red de tuberias desde el río hasta sus casas. El herrero aceptó encantado ya que le daría para vivir y muy bien. No obstante, tanto el aguador como el alfarero se negaron y se reunieron en petit comité con el Alcalde y acordaron cobrar unas tasas adicionales: 1 real por cada grifo instalado y 1 real al mes (extra) para cada habitante que tuviera grifo, todo para el aguador y para el ceramista. Además, de los 3 reales que se llevaba el herrero por el mantenimiento, el Alcalde se llevaba un impuesto de 1 real.
Pasados un par de meses, había llegado una etapa de esplendor al pueblo: todos tenían más dinero y más agua, todos excepto el aguador que sólo le daba para vivir (eso sí, sin hacer nada) y el ceramista había visto mermados sus privilegios y sus ingresos. El Alcalde por su parte, también tuvo que reconocer que las cuentas de la alcaldía (y sus privilegios) no pasaban por los mejores momentos. Así que volvieron a reunirse los tres ¡Cómo se atrevían estos campesinos! ¡Ésto era un abuso! El Alcalde decretó que ser aguador era un oficio tradicional y que no se iba a perder. El agua de la tinaja sabía mejor y así lo dio a entender, el agua de las tuberías era insalubre y sólo podría utilizarse para regar y dar de beber a los animales. Manteniendo las anteriores tasas, encontró una fuente de ingresos adicional: al que le pillaran bebiendo agua del grifo de su casa, o del grifo de la casa de un vecino, le iba a ser confiscada la llave de  dicho grifo (o la del del vecino).
Tuvieron entre los tres una gran idea y la plasmaron en papel de esta manera:
- Se crearía una Comisión formada por:
- El aguador (como presidente de la Comisión) y un primo suyo;
- El ceramista (como representante de los gremios del pueblo de Castilla) y un primo suyo;
- Un primo del Alcalde (que era un poco torpe y no sabía hacer nada).
- El posible infractor recibiría una notificación de la Comisión para cerrar el grifo y entregar la llave para investigar pruebas.
- En dos días, el Alcalde escuchará a la Comisión y a los hijos del aguador (que podrían morir de hambre por culpa del infractor) para decidir si la Comisión sigue adelante o no.
- El infractor es infractor también si recibe agua para beber del grifo de su vecino/a, el/la cual es también infractor/a.
- Cada infractor pagará la suma de 10 reales como multa, eso sin contar las responsabilidades tanto penal como civil de la infracción, acciones que podrían ejercitar el Alcalde de oficio, o el aguador o el ceramista, para reclamar el lucro cesante (dinero dejado de ganar por la acción dolosa del acusado).
Final de la historia.
Al final pues, todos arruinados y sin grifos, excepto el aguador, el ceramista y el Alcalde. Por cierto, ellos en su casa tienen grifos y están disfrutando de los reales ganados hasta que se les acaben. Una vez suceda, tendrán que ir a otro sitio, a otro pueblo río abajo de Castilla a vender agua. ALCALDE, por 1/6 de tinaja de agua y 1 real por tinaja ¿NO PODRÍAS HABER HECHO ALGO BENEFICIOSO PARA EL PUEBLO QUE TE DA DE COMER?
Bibliografía consultada: Propuesta de Modificación de la Disposición Final Segunda del Proyecto de Ley de Economía Sostenible que modifica: la Ley 34/2002 de 11 de julio; el RD legislativo 1/1996, de 12 de abril; y la Ley 29/1998, de 13 de julio.
Cuidado, este texto no es creative commons. Esta narración fue publicada originalmente en el blog lexdubia y lo reproducimos aquí solamente con permiso de su autor. ¡Sigue a @lexdubia a través de Twitter!
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