T2 | Historias de Hojaldras y Otros Panes

Después de un fin de semana largo, en el que decidiste avisarme que estabas listo para casarte, te pienso desde un taxi cualquiera que me lleva al aeropuerto internacional. Regreso a la realidad cuando escucho en la radio una canción de Juanes que no alcanzo a identificar bien, sólo con “tu amor y compañía en mi corazón (…) Quiero pasar más tiempo junto a ti, recuperar las noches que perdí” y comienzan a lloverme los ojos.

Intento disimular, saco algo de mi bolsa, me pongo los audífonos y el Dios del Shuffle me regala “1000 Oceans” de Tori Amos. Ya no puedo aguantar y comienza ese llanto tan odioso en público, sí, ese que tiene sollozos y suspiros incluídos.

Afortunadamente antes de que el chofer intente hacerme la plática y se convierta en un Arjona cualquiera, llegamos a la Terminal 2, pago y me bajo rápidamente. Los lentes negros son buenos aliados, así que cuando llego al mostrador de LAN, ya no tengo ni la minima intención de volverme.

“Some kind of nature” de Gorillaz me hace más amena la fila para documentar. Recuerdo tus palabras precisas: “Querida, después de todo este tiempo juntos, aún no entiendo tus razones por las cuales no quieres comprometerte en una relación seria y formal. ¿Sabes? Si tú hubieses querido, habrías sido el amor de mi vida. Ahora estoy listo para casarme y sí, lamento un poco que no sea contigo”.

Me limpio las últimas lágrimas, enseño pasaporte, boleto de avión y dejo las maletas con mis recuerdos en una banda que los llevará a nuestro siguiente destino. Es increíble cómo todo siempre termina acomodándose y coincidiendo. ¿Lo mejor? Que sea en un aeropuerto, donde comienzan y terminan las historias.

Irónico. Salgo a fumar un cigarro y mi ipod me regala “Aviones” de Calamaro. “Me olvidé de avisar, no te voy a llamar. Ni una vez en cuatro días”. Creo que “mi olvido” será un poco más largo. ¿Qué es tan difícil de entender? Sí, estoy en mis treinta, no quiero una relación formal, no me interesa tener la gran boda (ni siquiera una pequeña), definitivamente tener hijos no es una de mis prioridades y no tengo ganas de casarme con un prominente abogado que viva sólo para trabajar.

Hemos estado juntos desde la escuela y aún así nunca “lograste atraparme”. Odiaba que usaras ese término. Para mi, si estábamos juntos, no era necesaria etiqueta alguna. Pero, de verdad creo que eres un grandísimo cabrón al haberme dicho, hoy por la mañana, que estabas listo para casarte…a cinco días de tu boda.

En fin, tengo un poco de hambre. Decido entrar a los baños, enjuagarme esas lágrimas, peinarme un poco y sonreír. En tres horas estaré sentada en el avión que me llevará a conocer tierras nuevas.

Quisiera no caer en la tentación, pero elijo “Someone like you” de Adele para comerme el carísimo emparedado de atún con un café ridículamente pequeño. La repito una y otra vez. Sí, me gusta torturarme pensando en lo que ya no fue. En las decisiones de los dos y en los caminos elegidos. Suspiro inevitable. Y entonces me pregunta una voz conocida “¿Te molesta si me siento?” Estoy a punto de responder, volteo hacia mi interlocutor con una gran mueca…y tiro el café.

“Julia, ¿Te molesta si me siento contigo? Necesito despedirme.” No lo puedo creer. Ya no puedo responder nada. Me quito los audífonos y te abrazo como si no existiera un mañana. Mi ipod suena solo, a lo lejos. “I wish nothing for the best for you too”. Lo guardas, me tomas de la mano y me pides (sin palabras) que te acompañe. Tengo justo dos horas cuarenta y cinco minutos antes de abordar el avión.

Ni lo pensé.

Me llevaste a la habitación del Camino Real, el más cercano al aeropuerto y ya desde los pasillos íbamos quitándonos la ropa. Nunca había sentido esa adrenalina de saber que es la última vez que estarás dentro de mi, así que cuando estuvimos bajo esa regadera, besándonos de pies a cabeza, sólo me enfoqué en sentirte, besarte, abrazarte. En dejarte entrar hasta mi alma triste y confundida, sabiendo que ya no habría un “después” entre nosotros.

Los minutos eran cortos y los orgasmos eran largos. Durante todos estos años nos habíamos vuelto expertos en el cuerpo del otro, así que sacamos los mejores besos, las mejores caricias, lo intrépido, los amarres, la cacería, la reserva de perversidad guardada para un aniversario cualquiera. Sí, esos que una reserva “para después”. Ya no existía el después. Los dos lo sabíamos. Tú, tremendamente tradicional con la boda en puerta, en la que prometes amor eterno y todas esas cosas. Yo a punto de abordar un avión, con un destino nuevo y sin fecha de regreso.

No hubo pausas, no hubo esperas. Fue un largo, profundo y apasionado beso que duró hasta que debía ser. Llegué corriendo a la sala de espera, siendo la pasajera que estaban voceando por todas partes. “Julia Martínez, pasajera Julia Martínez, favor de abordar lo antes posible”. Corrí sin mirar para atrás, tal y como me bajé del taxi esta mañana. Ya no había regreso. Esta era la última vez. Se sentía como el fin del mundo, sabiendo que ahora había algo más. No es que antes no lo supiera, es que estaba muerta de amor, tan enferma. Necesitaba dejarte. Ya no eras mío. Nunca lo fuiste. Al pasar la última puerta antes de la sala de abordar quise mirarte por última vez. Ya no estabas.

Me quedó el saber que te dejé tantos besos en la piel como pude. Siempre, después de amarnos tanto, me recorrías con dos dedos, sonreías y decías: “Por eso te beso tanto, para que mis besos se queden en toda tu piel y nunca me olvides. Para que yo me quede en ti, aún después de que llegue el tiempo en que ya no estemos juntos”.

Ahora, sentada en el avión y sintiendo esas cosquillas en la panza, cuando sabes que estás a punto de despegar, el aguacero de mi alma termina siendo lluvia tropical. “Holiday song” de Pixies es la última canción que escucho. Comienza a elevarse el armatoste metálico y yo cierro los ojos, pensando que en cuanto despeguemos me llegará ese sentimiento de alivio milagroso.

12 horas después y 4 países en escalas canto entre salas y retrasos “Quiéreme mucho” de Ely Guerra. No dejo de tener esa estúpida sonrisa que me sale después de tener sexo contigo.

Sacudo la cabeza tratando de que salgas de ella. Esperando mi último vuelo, me dejo caer en uno de los mullidos sillones que encontré por casualidad. Aún huelo a ti.

“Hola, ¿Está ocupado?”. Un apuesto cincuentón, con el cabello canoso y una gran sonrisa me mira fijamente. “No que yo sepa”, respondo sin dejar de sonreír. Lleva en la mano un ejemplar de Kafka en la orilla de Murakami y reconozco el un boleto de avión similar al mío. Escucho “Porque las cosas cambian” de Bunbury y pienso que para no gustarme, tengo demasiadas canciones que me sé de él, tarareo y el señor me cierra el ojo.

Sí, aún huelo a ti.

Suspiro, levanto mi mochilita de viaje y descubro que voy sonriendo hacia el último vuelo. Ya no dejo nada. Todo es nuevo. Me fui desprendiendo de la piel vieja en cada aeropuerto. Sólo conservaba tus besos. La atenta sobrecargo me regala una toallita húmeda y sin pensarlo la paso por mi cara y cuello.

Saco mis audífonos y decido que me sorprenda el canal de canciones local. Nunca la canción de “Yesterday” de The Beatles tuvo tanto sentido. Ahora huelo a una mezcla de toallita húmeda de avión, esperanza y cansancio. Por fin duermo.

Huelo a libertad.

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Foto hexenesi (CC) Flickr!

PA PA RU PA PA EO EO | Historias de hojaldras y otros panes

A Pepe y Sel, deseando que su locura sea infinita

 

“¿Cómo sabes cuando es el amor verdadero?” Recuerdo haber hecho esta pregunta cerca de 500 veces, sin exagerar, a lo largo de toda mi vida. Desde pequeña siempre he querido saber qué se siente o cómo sabes cuando llega el amor verdadero a tu vida, o a la mía (de preferencia). La respuesta más común ha sido “Tú sólo lo sabes”.

Claro, eso que se los crea su abuela (pensaba yo hasta hace un año), cómo saber cuándo es pasión, cuándo calentura, cuándo amor verdadero y cuándo locura.

Bueno, pues según la real wikipedia, la locura es un comportamiento determinado que rechaza las normas sociales establecidas y uno de sus síntomas es que aquel que la disfruta, ejem, la sufre…digamos que la padece, muestra una conducta que se aparta de la “normalidad” de una forma determinada.

Justo este fin de semana todas las conversaciones giraron en torno al amor y a la locura. Un gran amigo y yo nos emprendimos en un viaje hacia el mayor acto de locura en estos tiempos: una boda completamente convencional. Durante el camino, él me preguntó sobre mi situación sentimental.

“¿Ya me vas a decir quién es el chico que te tiene así de contenta?”, preguntó durante la carretera. “Pues, sí, claro. Se llama Chucho y hemos salido un año”, contesté tímidamente. “¿Y cuándo lo voy a conocer?”, insistió mi amigo.¨Pues yo creo que no pronto. Él hace sus cosas y yo las mías. Nos vemos cuando podemos, cuando queremos y compartirmos el tiempo sólo entre nosotros. No es la típica relación en que vamos a todas partes de mano sudada. Sí, probablemente él salga con otras y a mi no me molesta”, le contesté sonriendo. ¨Pero tú sigues saliendo con otros, verdad?”, me interrogó viéndome de reojo. Solté la carcajada y le dije: ¨No, por ahora sólo estoy con él y me gusta esta nueva etapa. Ya sólo te falta el tehuacán y la lámpara con un foco de 100 watts”. “Estás loca, eso no es una relación formal. No le saques a ya tener a alguien en serio”, mencionó con una mueca,  dando así por terminado el tema. 

“Mejor cuéntame cómo se conocieron los novios que se casan al rato”, dijo Juan mientras le cambiaba a la radio. Interstate Love Song, de los Stone Temple Pilots (gran canción de carretera) me ayudó a recordar que mi amigo Pepe llegó de un viaje con una gran sonrisa: “Hola, tengo qué contarte algo. Creo que ya me dió la locura”. Por supuesto le pregunté que qué había hecho en el viaje. “Pues conocí a una chica guapísima. Bueno, ya la conocía, pero en el viaje descubrí que me encanta”. Eso no se me hizo tan de locura, pero seguí escuchando la historia. “Resulta que conocí conocí a alguien con quien pude platicar todo el viaje. Creo que pasamos 4 días hablando de todo, sin aburrirnos y sin parar. Sabes? Creo que ella es la buena”.

Yo, la verdad es que sí le creo a un hombre cuando me dice eso. No a mi personalmente, sino a mis amigos. Con Pepe, cuento entre las bendiciones al Segundo chico que conoce a una chica, dice “esta es la buena” y se casan con ella.

Pero ya me adelanté en la historia. Durante todo el tiempo que estuvieron saliendo y conociéndose, realizaron varios viajes y de cada uno llegaban más locos. Sí, en el sentido de pérdida de control de las inhibiciones “sociales” que marcan cómo deben demostrarse los sentimientos. Fui testigo de cómo se iban enamorando uno de la otra paso a paso, paulatinamente. Aún cuando era muy al principio de la relación, compartimos juntos uno de los mejores conciertos de Café Tacvba en el que he estado. Los tres terminamos brincando charcos, cual chamacos, al ritmo de “La chica banda”. Ahora puedo contra que en su boda llovió a cántaros y que, una vez más, ellos terminaron brincando en charcos, demostrándose tan efusivamente su amor, sonriendo tan loca y mágicamente. Pocas veces en mi historia de bodas he visto a unos novios tan contentos de brincar en charcos, corriendo de lado a lado los dos de la mano, escurriendo. Nada más importaba, sólo ellos, la música y la lluvia.

Dice mi Chucho que el agua es vida, es purificación, te limpia completito antes de llegar a la siguiente etapa. Justo en esta gran fiesta se cumplió eso. Los dos llegan a su nueva vida limpios, frescos, renovados. Listos para lo que venga.

Al final (creo que es al principio de una nueva historia), Pepe conquistó a Sel, Sel conquistó a Pepe, los dos enloquecieron juntos, construyeron el camino a una vida juntos y compartieron con su gente más querida una fiesta de locura, donde él tomó clases de baile para sorprenderla y ella no podía dejar de sonreír. ¿Han sentido qué es que les besen hasta el alma, que ya no sienten sus pies tocando el suelo? Pues justo eso pasó en la boda durante las 12 horas que estuve con ellos. Nunca vi sus pies tocar el suelo, sólo cuando chapoteaban en los charcos.

Además, aprendí algo nuevo: “El amor hace que tengamos una vida más bonita. Todos nos merecemos una vida más bonita, practiquemos el amor”. ¿La persona con la que estás hace de tu vida algo más bonito? Ya con la respuesta sabrás si quieres seguir con ella y hasta cuándo.

Yo he descubierto con mi chico que, además de hacer todo más bonito, también el amor te hace bailar. No es que antes no lo supiera, es que ahora todo el tiempo escucho muy dentro de mi alma un “Pa pa ru pa pa eo eo” ¿Lo reconocen? ¿no?

Se los canto más fuerte: PA PA RU PA PA EO EO. Pa pa ru pa pa eo eo!! Ese hoy es mi mantra. ¿Por qué? Fácil. Tuve la fortuna de vivir la etapa de Pepe en la que él bailaba en la pista medio solito y fui testigo de que Sel le enseñó que el amor es bailar.  ¿No es suficiente? Entonces hare una confesión: Mi chico y yo nos besamos bailando, en medio del lugar. La música le iba llegando al último compas. Miradas en silencio y ¿quién lo iba pensar? Que después de ese primer baile me iba a enamorar.

Yo también fui una solitaria bailando y me quedé sin hablar, mientras tú me fuiste demostrando que el amor es bailar.

El amor es bailar. La comprensión es bailar. Ceder es bailar. Sexo es bailar. La locura es bailar. Bailar es bailar.

Bailemos pues, hasta que la vida y la locura nos alcancen, nos rebasen, nos reinventemos…para volver a bailar.

 imagen:http://4.bp.blogspot.com

Y yo me llamo Raquel… | Historias de Hojaldras y otros panes

Ya se me estaba haciendo costumbre dejar de pensarte. La mañana lluviosa con la que despertamos y tu pierna sobre mi, me recordaron qué bien se sentían los besos del otro en mi piel.

Lo de nosotros ya era la pura y cruel idea romántica de envejecer juntos, pero ya no me movías para nada. Creo que yo tampoco a ti, pues cuando te vi llegar con un par de novelas bajo el brazo ni siquiera me sorprendió que te los dedicara una tal “Mariana” en tu cumpleaños.

Según yo recuerde, hace seis meses celebramos que llegaste a los 40. Últimamente estabas más cariñoso conmigo que de costumbre, te reías (cosa inaudita) y hasta hacías planes para los dos mientras escuchabas Paris Lounge, de The Gothan Project.

Eso sólo fue la confirmación que tenías una amante. Debo confesarte que no me extraño, de hecho, lo esperaba. Me excitaba la idea de saberte con otra y que luego vinieras conmigo. Quería observar todos los procesos que seguías para tapar su olor de tus muslos, cómo quitabas sus besos de tu pene.

Te imaginaba en el baño, despidiéndote temporalmente de sus caricias mientras tomabas una rápida ducha, te secabas y corrías hacia mi.

En mi mente, yo jugaba a ser la otra y dejaba que la tal “Mariana” fuese la de planta. Yo estaba ya tan aburrida de ese papel: aguantarte en tus malas (cada vez más frecuentes), soplarme a tu familia, los viajes (cada vez mâs escasos) juntos.

Me gustabas mucho. Los 40 años te llegaron en el mejor momento, tus ojos verdes verdes, tatuajes marchitos de una adolescencia poco común y esa manía de tocar la guitarra una y otra y otra vez, era algo que inmediatamente me ponía húmeda.

Pero de un tiempo a la fecha todo eran pleitos, distancias, lágrimas. Esa no era la vida que quería para mi. Ese no era el “nosotros” tan largamente acariciado.

Take it all away de Cake me ayudó a tomar la enferma decisión. Yo jugaría a ser tu amante también. Para mi serías el otro que nunca tuve. Un juego de rol tan enfermo que me excitaba tanto. Casi no podía contener la respiración.

Regresé a correr. Cinco km diarios no bastaban para calmar mis demonios, así que invertí horas en clases de todo lo que encontré. Compré lencería nueva y te fui seduciendo poco a poco. Intentaba posturas nuevas, juegos del amor diferentes. Me transformé en otra.

Pero justo en esa transformación, tratando de encontrarte, lo conocí. Mucho más joven, con más ganas de salir, experimentar, de dejarse en los huesos en cada amor.

Con él recorrí los moteles de la mitad de la ciudad. Sólo deseaba nunca encontrarte en uno de ellos. Tú cada vez más atento conmigo, yo con él cada vez más en la piel.

Miles away de Madonna fue la última canción que escuchamos juntos. “Lo único que me gusta de ella es el video que le hizo su ex marido donde todo se desmadra”. Una tibia sonrisa y un beso volátil cerraron la conversación.

Ya no puedo más con esto. No tengo el valor de enfrentarte, aún teniendo todas las pruebas de que te enamoraste de alguien más. No tengo el valor de quedarme, aún sabiendo que puedo vivir contigo enamorada de otro.

Toda esa transformación sólo provocó que quisiera irme, dejándote con todo. Y así lo hice. Esta es mi carta de despedida. Sí, desde mi móvil. Así de cobarde soy. No me busques, que ya no estaré nunca para ti o para alguien más. Sí, así de dramática.

Quise buscar a tu “Mariana”, cazarla, despedazarla. Pero, al final, a ella le agradezco mi libertad. Que ella, o quien sea, te aguante con tus neurosis, tus demonios y tus achaques.

Sí, me voy porque es lo más sano para los dos. Ojalá que estés bien. Yo no sé qué pasará conmigo, pero de algo estoy segura: con mucho prozac y poco amor me balanceo peligrosamente entre la cordura y la levitación, cual Anna begins, de los Counting Crows.

Al final, sólo Julieta murió por amor y yo me llamo Raquel.

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Historias de hojaldras con autor invitado

 

 

Julio Navarro

 

Solía beber cerveza. Era la bebida universal para el buen convivir, capaz de sacar temas de conversción tan estúpidos como el futbol o tan profundamente desorientados como los poemas de Bukowski. Amaba más a Charles que a once detrás de la pelota.

Ese día decidí que no tomaríamos cerveza. Era tu cumpleaños y tenía que ser especial. Conocíamos moteles de paso donde aprendimos muchas experiencias. Pero esta vez sería un hotel. El más caro, con room service, alberca y jacuzzi en la habitación. El plan se resumía en pasar veinticuatro horas haciendo el amor en cada lugar que se nos ocurriera del hotel y que no fueramos descubiertos. En la maleta, solo traía tu regalo: un poema que escribí una noche anterior al descubrir la inmensidad de tu belleza, 6 botellas de vino y dinero en efectivo para pedir a cualquier hora.

Mi melomanía me decía que necesitaba un disco especial. Lo suficientemente sexy para seducirte. Quince tracks que buscaban decirte que te deseaba desde lo más profundo de mi ser. Sin embargo jamás pude lograr una lista definitiva y se fue dando poco a poco.

10:00 a.m “Trip Through Your Wires” de U2 sonaba al llegar a tu casa. Usabas tus gafas oscuras y un vestido, que desde que lo ví, sabía que tu ropa interior sería más interesante. Subiste al auto, me besaste y dijiste – ¡Vámonos!-. Aceleré y nos alejamos de la ciudad.

10:20 a.m “Light my Fire (Kenny Dope remix)” de Shirley Bassey estaba por terminar. Siempre el track dos no es tan importante hasta que escuchas todo el disco o lo recuerdas en retrospectiva. Llegamos al hotel, solicitamos la habitación y mientras estaba firmando en el mostrador, sentía tu mano recorrer mis pantalones buscando mi pene. Te divertía saber que no podía hacer nada y que tampoco serías descubierta.

“Every Little Thing She Does Is Magic” de The Police sonaba en el elevador camino hacia la habitación 503. Te dije -Esa canción me gusta pero se me hace muy tonta- y respondiste – Te quiero coger, callate-.

10:35 “Breathe” de Telepopmusik haría que cumplieras una de mis fantasías. Te desnudarías poco a poco, lentamente frente a mi. Me dejarías tocarte y me provocarías con tus labios. Como lo había pensado, tu vestido no era tan interesante como tu ropa interior. Me hiciste recordar aquella vez que vimos porno en un motel donde una de las chicas usaba liguero y sólo usaba un pequeño short negro. Sabías que me había exitado y querías que ahora sólo estuvieramos tu y yo. No dijiste nada.

10:50 “Don’t leave me now” de Amparanoia, era de tus favoritas. Te gustaba hacer el amor mientras me susurrabas al oído “don’t leave me now… I’m going to you”, ese coro se repetía muchas veces sin importar si la canción fuera triste o muy sensual, ese no era el asunto. Sólo te gustaba abrazarme y repetirlo una y otra vez. Cuando sonaban las guitarras nos volviamos orales, era una especie de señal. Un placer donde acariciaba tus piernas hasta llegar a tus nalgas y mi lengua te recorría con la mayor suavidad posible.

15:00 “Sister” de Lenny Kravitz nos despertó. Era el hambre y el momento es que solías retirarte a esa pequeña burbuja que solías crear. Tomaste una sábana y caminaste hacia la ventana. La lluvía lejos de arruinar la tarde, sólo mejoró la iluminación. No te importó si alguien te veía. Te sentaste en ese balcón mientrar algunas gotas de agua te mojaban. Mirabas al horizonte con en búsqueda de respuestas. Me pediste que subiera el volumen. Cerraste tus ojos y empezaste a llorar. Sabía que no tenía que ir, era la manera en la que algunas veces disfrutabas las cosas. Tu sola en silencio. Repetiste cinco veces la misma canción. Entraste y sólo dijiste – ¡Comeremos camarones! saca otra botella de vino-.

15:45 “Let Go” de Frou Frou. El problema del room service es que no entienden que después de algunos orgásmos da mucha hambre y se requiere comer lo antes posible. Mientras esperabamos lo único que podíamos hacer era volver a besarnos con la meta de no desundarnos, en cualquier momento podría llegar la comida. A veces prefería no cerrar mis ojos y mirarte. Sé que no es cuerdo declararlo, pero algunas veces llegué a jugar mientras nos besabamos. Había varios muy divertidos, pero el que más me gustaba se trataba de descifrar que significaba cada uno de los movimientos de tu lengua, de tus lengua y sí seguías algún patrón que se pudiera repetir y que pudiera traducir en música. Jamás lo logré y siempre me sorprendiste en medio de mis pensamiento. Supongo que te dejaba de besar.

16:20 “I feel you” de Depeche Mode. Llegó la comida. El menú: un Fetuccini Alfredo con camarones. Camarones empanizados en coco con salsa de mango. Pan de Ajo recién salido del horno, una ensalada de frutas exoticas y de postre había fresas y panquesillos rellenos de queso azul y chocolate. Miraste las fresas detenidamente. Estabas pensando en la típica fantasía de hacer el amor con fresas. En el momento en que te descubrí me diste esa mirada retadora. Sabía que algo estabas planeando.

17:20 “Swan Lake – Ballet Suite” de Tchaikovsky. Ignoro porqué elegiste esa canción. Me sorprendió. Me encanta escucharla en alto volumen, pero ese día, el volumen era medio, apenas podías distinguir los instrumentos. Me miraste fijamente por un momento. De repente te paraste y tomaste la botella de vino que estaba en la mesa. Te postraste frente a mi, me besate y cada que tus labios no estaban sobre mi cuerpo le dabas un trago a la botella. Llegaste de nuevo a mi pene y mientras lo besabas y bebías más vino, tu boca cada vez era más caliente. Tu mirada retadora chocaba con mi desesperación de no saber que hacer. Si intentaba agarrarte me detenías. Sostenías mis piernas y si cerraba los ojos me obligabas a abrirlos de alguna u otra manera. Mientras sentía mi abdomen temblar tu sólo seguías bebiendo más vino. Veía tus pupílas dilatarse pero era imposible que me pudiera mantener cuerdo en aquel momento. Justo cuando iba venirme, sólo me sujetaste para preguntarme -¿Te gustó Tchaikovsky?-

17:40 “Closer” de Nine Inch Nails. El embriagado era yo. No podía pensar en otra cosa que no fuera poseerte de todas las maneras posibles. El sillón verde que tenía la habitación fue lo primero que encontré para penetrarte. Jamás nos habíamos dejado llevar por nuestros instintos sexuales. No había nada más. No había espacio para otros pensamientos. Era agresivo, lleno de mordidas, arañazos, de palabras duras que taladreaban los oídos. Eran una lucha de supervivencia en donde sólo buscabamos placer. Había sudor y ese sabor extraño que me dejaba lamerte los pezones tantas veces. tus piernas en mis hombros y los movimientos de una vaiven cada vez más pronunciados. Siempre detesté el verde, ese sillón hacía la habitación imperfecta y mientras haciamos el amor nos dedicamos al mismo tiempo a destruirlo, a desgarrarlo, patearlo, sudarlo y mancharlo hasta que quedara inservible.

18:20 “The Sweetest Gift” de Sade. Era de tomar un pequeño descanso. El Lovers Rock era un disco que poníamos en ocaciones especiales. Además, no te había dicho -feliz cumpleaños-. Platicamos de todos los sueños que teníamos. Personales y todos aquellos en los que podíamos coincidir. En aquellos días “el aceite y el agua se podían mezclar siempre y cuando se mantuvieran agitados” ese era nuestra perspectiva de destino. Mantenernos “agitados”. No sabíamos nada de la vida y tampoc sabíamos que el destino tiene sus misterios.

22:12 “Witness” de Sarah McLachlan sonaba mientras nos preparabamos para nadar un rato. El agua de alberca iluminada se veía increiblemente brillante y no podíamos desperdiciar la oportunidad de nadar solos en aquel lugar. Sin preocuparnos de nada. Salimos de la habitación listos para divertirnos. Nos besamos en cada rincón que nos pareciera propio o impropio (para el resto de los huéspedes). Nos cansamos y nos acostamos en los camastros para mirar las estrellas. Tu dijiste – Si se puede tomar el sol, se pueden tomar las estrellas- y así fue. Dejamos que las estrellas nos iluminaran hasta que el silencio cada vez fuera más y más profundo.

23:45 “Las De La Intuición” de Shakira. No sé de donde sacaste esa canción. Pero cantabas de manera muy seductora. Brincabas y bailabas con una felicidad que me contagiaba. Creo que venía de la radio la canción, pero para que conocieras la letra, era obvio que la habías escuchado muchas veces atras. “Creo que empiezo a entender… despacio… despacio” Era el coro que había aprendido esa noche. Me desarmaste y no supe como contestar tu espontaneidad. Me daba pena seleccionar una canción y fingir que te la cantaba, me dediqué a reir contigo y bailar con la poca psicomotricidad que tenía. Me abrazabas y fingías sostener un microfono mientras yo sólo repetía el coro. ¿Shakira? me sabía ese coro sólo por ti. Era otra huella de ti en mi. Si hubiera sabido que te gustaba esa canción, hubiera comprado ese disco y te lo hubiera regalado.

24:00 “Conciencia latina” de Sussie 4. Se trataba de celebrar, en una fiesta de dos. Pedimos de cenar. Y como era de esperar. Tu selección fue: una hamburguesa de camarón con fresas en escabeche. Una pizza de camarones y pimientos. Dejando atrás los buenos modales, pedimos catsup y salsa picante. Papas a la francesa y el resto de las botellas de vino que nos quedaban. Sacaste de tu bolso una pequeña cigarrera y fumabas degustando el humo. Cada vez nos embriagabamos más y más. Perdíamos el sentido del equilibrio y te gustaba caer en mis brazos para dejarnos caer sobre la cama y reir.

02:00 “Digital Love” de Daft Punk. Nos seduciamos embriagadamente, haciamos el amor por momentos breves, y volvíamos a bailar. Si alguno de los dos intentaba dormir el otro lo despertaba con sexo oral hasta que volviera a tener los ojos abiertos. Nadie nos podía detener, y nadie podría descibrir lo que sucedía en esa habitación. Era la sensación de felicidad más extraña que habíamos vivido. Nuestros cuerpos se rendían mutuamente.

En algún momento de la noche nos quedamos dormidos. La resaca era brutal, y nuestros cuerpos habían recibido la peor paliza que pudieran haber tenido. Para eso sirve la juventud. Algún día tantas toxinas saldrán. Pero el recuerdo de esa noche, nunca.

Es extraño que toda esta historia se me venga a la mente diez años después. En este café de mal gusto. Hemos cambiado, pero tu sigues teniendo esa hermosa sonrisa. Ambos hemos conseguido alguna parte de nuestros sueños. -¿Cómo te ha tratado la vida?- es ahora, la pregunta que inicia la conversación. Ambos escondemos nuestros anillos de matrimonio y nuestras oraciones se vuelven pragmáticas. Hoy por casualidad nos hemos vuelto a encontrar. Tu buscabas el mismo perfume que usas desde aquellos dás y yo una corbata para una junta importante. Ya no cambiaremos el mundo pero logramos cambiarnos a nosotros. Jamás logré escuchar ese disco completo contigo, después de ese día te lo quedaste y jamás volví a recordarlo.

Hoy que es tu cumpleaños y te he felicitado con un insípido abrazo distante, he recordado la última canción. La que había planeado para decirte que te amaba. “…And there’s nothing in the world that I ever wanted more, than to never feel the breaking apart all my pictures of you”. Es hora de despedirnos con la sonrisa de nerviosismo.

-Adios- me he adelantado para dejarte a ti la última palabra.

- Gracias por la canción. Tu poema lo perdí. Lo siento- fueron tus últimas palabras.

Julio Navarro

Undress me now…| Historias de hojaldras y otros panes

 

De pequeña siempre me dijeron que a los 30 debería ya estar casada, con un par de hijos, una casa y un perro. Nadie habló de una maestría, de dar conferencias o del amor libre. Mucho menos de viajes por el mundo o hacerme un tatuaje. Pareciera que eso no estaba en la lista de lo que “una hija buena” debe hacer.

Había que arreglarse, nunca despeinarse mientras jugaba a las muñecas, tener los zapatos muy boleados y el vestido sin arrugas. Quizás uno de esos compañeritos de juegos podría ser el esposo en potencia.

Parece que la sociedad tenía el plan perfecto para todas y todos, crecen, se conocen, no se reproducen antes de casarse, tienen hermosos chamaquitos, se vuelven viejecitos juntos y mueren, ¿no? Pero se olvidó de nosotras. Sí, de ti y de mí.

La primera vez que te vi fue en la Universidad. Siempre vestida de negro, siempre con ideas diferentes, siempre quejándote. La verdad es que me caías muy mal y eran un suplicio las clases que llevábamos juntas. Eras la típica que ponía al profesor de malas con tus múltiples preguntas y hacías las sesiones eternas.

Te me acercaste para ofrecerme un cigarrillo, con esa sonrisa tan… tan tuya. Irresistible.  Te volviste mi amiga y yo te descubrí encantadora. Podíamos pasar horas platicando. Eras diferente a las otras chicas con las que crecí.  Tú me enseñaste de pintores, de música, de escultura. Claro, el ser actriz experimental al salir de la escuela ayudaba mucho a que tuvieras otros mundos. Yo era feliz de que me los compartieras.

Gracias a que mi padrastro me regaló una cámara análoga, pude verte desnuda por primera vez. Yo estaba en clases y llegó la hora de la práctica de desnudo. Me perdí la de la escuela por haberme ido de viaje con mi novio, sí, yo siempre tuve novio, y si no entregaba las fotos reprobaría ese módulo.

Fue increíble tu propuesta: “Ven, vamos al hotel. Tú siempre has querido conocer uno y yo tengo ganas de posar. Sólo que pagarás todo, lo demás, corre por cuenta de la casa”. No entendí muy bien eso de “lo demás”, pero no quería repetir el taller. Era un verdadero parto tomar clases con ese maestro que, para colmo, era director de la carrera.

Pasaste por mí en tu Caribe 75, color naranja. Olía a cigarro y a vainilla. Escuchabas Sugar Kisses, de Echo and the Bunnymen. Me subí rápido, con mi falda cortísima y mis tacones altos. “¿Así haces fotos, chuleta?”  No se te escapaba ninguna y siempre lograbas hacerme sonreír.

Llevaba todo: cámara, rollos blanco y negro, tripié, flash, disparador. Mi mochilita roja contenía lo necesario. Había visto fotos de Annie Leibovitz y quería imitar la foto de Angelina Jolie en la tina. Justo enmarcando tu espalda.

No te dejé pagar, en verdad lo hice con gusto. Subí corriendo las escaleras y abrí la puerta. Justo como me la había imaginado. En un extremo tenía un columpio, en el otro el jacuzzi, espejos en los techos y las paredes, todo estaba lleno de luz. Saqué mi computadora portátil, la prendí y el iTunes nos regaló Burn it Blue de Caetano Veloso y Lila Downs. Comenzaste a bailar, quitándote la ropa. Me envolvías en tu falda: “Anda bonita, baila también. Quítate la pena”. Yo sólo me reía de nervios y apenas atinaba a coordinar un pie tras el otro. Olías a naranja, a madera seca, a vainilla. Tu cabello negro, largo, con espirales me envolvía.

Saqué todo de la mochila, monté la cámara en el tripié. Dejé que todo tomara su curso. Que te sintieras cómoda. Bailabas, brincabas. Te subiste al columpio y reías como niña. Yo me acerqué y comencé a hacerte fotos. Una tras otra, retrato tras retrato. Analicé cada parte de tu cara: tus ojos hermosos, como almendras. Tu nariz grande, perfecta. Las pecas en tus mejillas. Ese lunar en tu párpado derecho. Tus labios pequeños que guardaban los dientes más francos que conozco. ¿Tú? Tú te de jabas tomar fotos, posabas, te reías, me ignorabas.

Sitting, Waiting, Wishing de Jack Johnson bastó para que me besaras. Yo lo deseaba. Te veías tan hermosa. No podía pensar en nada más.  Tu piel tan suave, incluso más que la mía. Tus besos tan cálidos, suaves, con sabor a lipstick de manzana. Nadie me había besado así, era como si pudieras adivinar mis pensamientos; como si supieras dónde me gustaba y con qué presión hacerlo. Con tus manos tomaste mi rostro, alborotaste mi cabello y me llevaste a la cama.

Recorrí tus muslos con las manos y la lengua. Era como acariciar seda china. Tus texturas eran realmente parecidas a las mías, tus costillas estaban tentadoramente expuestas para llenarlas de besos y caricias. Me dejaste explorar a mis anchas y en muchos momentos me llevaste de la mano.

Yo jamás había tenido sexo oral, me daba mucho asco. “Guácala, por ahí hacemos pish”. Tú te reíste tan fuerte que pensé que media ciudad te había escuchado, un suave “ssshhhhhhh” contrastaba con muchos “ahhhhh” “ahhhhhhhh” “ahhhhhhhhhhhhhhh”, con risas, jalones de cabello, lenguas, piel…mucha piel. Valerie de Amy Winehouse era la única testigo de tal placer. 

Mi cuerpo se estremeció tantas veces que perdí la cuenta. Tu cuerpo y lengua se hicieron uno con el mío el resto de la tarde. Autofotos y fotos “abstractas” llenaron los haluros de plata. Todo resultaba tan fácil contigo, tan natural. Vimos el atardeceder  juntas, prendiste un cigarro, sonreíste. “¿Nos vamos? Tengo función a las 9 pm y quiero bañarme”.

Yo me enamoré de ti. Bastó una tarde para querer dejar a mi novio y estar contigo para siempre, quería saber más de esta “nueva forma de amar”, pero te encargaste de decirme que eso había sido cosa de una sola vez. Que no acostumbrabas comer dos veces del mismo plato y que sí, había estado muy bien,  pero que lo tuyo era “casual”. Nada de entregar el corazón.

Sentí que tu veneno estaba dentro y no encontré el antídoto correcto. El sexo con mi chico era sumamente aburrido y yo pensaba en ti una y otra vez. Intenté con otras pero no era lo mismo. Nadie besaba como tú.

Por primera vez me di cuenta que no era el sexo por el sexo, era el sexo contigo lo que tanto añoraba. Te busqué tanto y nunca te encontré. Te dediqué tantas canciones, te vi en tantas caras. Mi hermosa chuleta, te escribo esta carta mientras voy camino al altar. La radio me tortura con Undress me now de Morcheeba, sabiendo que tu miel se convirtió en veneno. Me enseñaste que el sexo debe ser así, entregando todo en el momento, sólo en el momento. Después, no se sabe. La vida se llena de momentos diferentes, sólo así se arma el rompecabezas.

Hay mieles para curar y otras que envenenan el torrente sanguíneo. Puedes venir a envenenarme el día que quieras, que mis piernas siempre abrirán para ti.

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Coincidir | Historias de hojaldras y otros panes

Coincidir: Breve historia entre dos momentos que se unen en el tiempo. Término tan amplio que puede ser atemporal o con fecha próxima de caducidad. Acción que puede desembocar en una boca, una piel, un sexo y, con mucha suerte, en múltiples orgasmos. Capacidad de coexistir en tiempos y formas adversos. Forma metafórica de ti y de mi. Epígrafe de lo que viene. Pauta para formular un marco teórico de sentimientos e ideas. Retórica del cancionero que remite, generalmente, a momentos felices. Hechizo que permite a dos o más personas encontrarse en el mismo segundo. Palabra que genera en Google 10, 600, 000 resultados.

 

No llegué a las 250 palabras requeridas para concursar por un libro. Estaba a la mitad de la inspiración cuando sentí el gran impulso de salir corriendo. Cerré mi compu, bajé los ocho pisos corriendo, sintiendo el corazón en la boca, choqué con el policía que cuida la puerta y por fin respiré la libertad. Sentí cómo el aire llenaba mis pulmones y el sol deslumbraba mis pupilas. Comencé a tararear “the dog days are over”, siguiendo el ritmo con mi pie. Ví hacia la izquierda, a la derecha . Todo vacío. La calle sin ruido, como si se hubiese detenido el tiempo.

En realidad yo no tenía nada. Después de mi última relación fallida y tortuosa decidí encerrarme a escribir garabatos en pedazos de papel tapiz viejo que iba arrancando lentamente de esa pared abandonada. No había amigos, mucho menos amores. Ya, ni una mascota a la cual pudiese hablar de vez en vez. Mi neurosis se multiplicaba a cada minuto. Me sentía la señora rara que baila “Bésame mucho” en Grandes Esperanzas. Sí, la tía de Estela. Era yo la representación barata de ese personaje, pero con 30 años menos.

Bailaba recorriendo las habitaciones. ¿Mi favorita? Black Velvet, sí. Esa que usan para los bailes eróticos. Prendía un cigarillo, lencería jamás estrenada y mis mejores pasos. Todo sólo para mi.

Pero entonces vi que @locadelamaceta publicó una convocatoria para celebrar un año más de su blog lleno de letras e historias. ¿El reto? Escribir sobre “coincidir” en 250 caracteres. Y entonces todo esto nos lleva al principio de esta historia. Es raro platicarme las cosas a mi misma, darle tantas vueltas en mi cabeza hasta que suenen lógicas, lo cual nunca pasa.

Qué feliz me sentía de tener una hoja en blanco para mi solita y escribir lo primero que pensé sobre coincidir. Después vino el sentimiento ese que me provocó salir…y nada. No coincidí con nadie en la calle, no había nadie esperándome, no pasó absolutamente nada.

Bajé la cabeza, pateé una piedra, metí las manos a las bolsas y dudé de mis instintos. Total, estaba sola y no tenía nada más que perder. Todo se había ido contigo. Ya saben, el problema de entregarlo todo sin reservas y pensar que así me llenaría.

Tengo esa manía de seguir escribiendo como si alguien me leyera. Sí, escribir en pedacitos de papel tapiz que voy arrancando de las paredes. Pero creo que eso ya lo he dicho…o escrito..o pensado. ¿Qué más dá?

Hay días en los que mi neurosis es más pronunciada que otros.

Me asomo a la ventana, me quito las gafas, estiro mis brazos. Escucho cómo comienzan los acordes tan conocidos de “Ella usó mi cabeza como un revolver e incendió mi consciencia con sus demonios. Me vi llegando tarde, tarde a todo…” Suspiro y digo con suma tristeza: “Cerati nunca va a regresar”.

Decido sentarme en la corniza de la ventana, lanzando papelitos al vacío. Es divertido pensar en el futuro de esos trozos de papel. Alguno quedará pegado en un chicle, otro en un zapato. Uno más llegará a las manos de alguien y se enterarán de mi existencia.  Quizás no, probablemente no pase nada y sólo siga leyendo historias extrañas que me parecen tan conocidas.

Reviso de nuevo mi correo. Es casi una broma de mi mente. Sé perfecto que nadie me escribe. Vaya, ni el spam. Pero me gusta pensar que un día recibiré ese correo que estoy esperando. No sé ni qué diga o de quién sea. Sólo sé que cuando llegue será lo que estoy esperando.

Me perdí en la historia, no supe cómo seguir. Llegó el plazo fijado para mandar el texto al concurso y no lo hice, quizás nunca he coincidido con nadie y por eso no llegaron las letras. He llegado a pensar que en realidad la gente se aleja de mi porque los espanto. Pero trato de no clavarme en eso.

En realidad yo no tenía nada.

Siento que el mundo se vuelve a detener, no existe nada, no tengo nada. Se escucha “No sound but the wind” de The Editors, el piano, la voz profunda. Me cantan a mi, sólo a mi. Y entonces me doy cuenta: todo es mío: los recuerdos, las historias, los amores. Los besos que se quedaron. Los amaneceres, las estrellas. Todo lo que yo quiera es mío. El destino no hace visitas a domicilio. Hay que lavarse la cara, acicalarse, ponerse guapa e ir por él.

Y fué lo que hice. Salí de mi casa, vistiendo mi mejor ropa, como Penélope. Paso seguro, como de gato, disfrutando todo lo que veía pasar, todo lo que se cruzaba en mi camino. No encontré nada extraordinario. Todo era normal, pero ahora lo veía. Esa era la gran diferencia.

Pasé por un aparador y me quedé viéndolo. Me gustó mucho la ropa de la muchacha que se reflejaba. Hasta que vi la gran sonrisa descubrí que me estaba mirando a mi misma. Me desconocí totalmente. Nunca me había pasado eso.

El café de la esquina tenía la mejor selección musical. Me senté como hacía mucho no lo hacía, pedí un chai con leche y busqué dónde fijar los ojos. Siempre me pasaba que, en público, no sabia bien hacia dónde mirar. Entonces empecé a escuchar mucho ruido…tanto tanto ruido y al final por fin el fin. !Uy con esa canción! Sabina nunca ha sido de mis preferidos, pero en ese momento de mi vida Ruido parecía la rola perfecta. Estaba decidida a atacar la epidemia de tristeza en la ciudad. Me paré torpemente, como con un impulso extraño. De nuevo ese impulso que me provoca salir corriendo, pero esta vez tiré mi té y la silla le cayó en el pie a un desconocido.

Y entonces, viví qué es coincidir. Entendí cuál es el hechizo que permite a dos o más personas encontrarse en el mismo Segundo. Ese desconocido es ahora el que me abraza en las noches con tormentas de relámpagos, el que me deja contarle historias y que cree que mi neurosis no es tan grande como yo pensaba.

James diría que fue un Destiny Calling, yo sólo lo llamo eso: “coincidir”.

 

 

Suena de Dog days are Over, de Florence + The Machine una y otra vez y sólo pienso en ti.

 

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Imagen:_elsiecakes (CC Flickr)

El porqué de tus silencios… | Historias de hojaldras y otros panes


Román todavía no se recuperaba del corazón roto que iba cargando a cuestas cuando conoció a Estela. Había sido un año fatal, Laura huyendo al extranjero por una mala relación y llevándose en el camino más de la mitad de su amor. Luego lo de su abuela muerta. Definitivamente era una mala temporada para conocer a alguien con quien pudiera involucrarse.

Aún así, desde que vio a Estela no pudo alejarse de ella. Irradiaba tal luz que le hacía menos obscuras las noches y quería saber cuál era el sabor de sus besos. Ella también tenía una historia romántica bastante compleja y vagaba por el mundo sin rumbo fijo.

Una mala combinación de momentos dieron como resultado una unión que parecía espeluznantemente “perfecta”. Sintieron que juntos serían más fuertes que separados. Que existía el amor a primera vista y que lucharían contra todos, con tal de estar juntos.

Estela ni lo pensó. Se sentía muy poca cosa al haber sido abandonada por su último amante. El muy cabrón escogió el día de su cumpleaños para desaparecerse. Planeó todo, le dijo que se quedara sola en su departamento; que él llegaría desde la noche anterior para celebrar juntos desde los primeros minutos de su cumple. ¿La sorpresa? Él nunca llegó. Estela pasó completa y absolutamente sola, llorando, preguntándose en qué había fallado. Hermoso recibimiento de los 24 años. Así que cuando Román se fijó en ella, no hubo más en el mundo. Ella se jugaría el todo por el todo con tal de tener un amor “perfecto”, de “esos de película”. En ese tiempo Hello de Poe era todo lo que ambos escuchaban. Sentían que así era su amor.

Los primeros cinco meses fueron muy buenos. Todo eran risas, amor, pasión. No existía nada más que no fueran ellos dos juntos. Román insistía en llevar a Estela a su casa. Se respira un ambiente intranquilo, las cortinas siempre estaban cerradas y su familia casi no sonreía.

Estela llegó con canciones y alegría a esa casa. Años después la mamá de Román le diría: “Tú llegaste con luz y amor a un lugar que estaba desahuciado. Eres la luz de esta casa”. Lástima que se lo dijo cuando Román y ella ya no estaban juntos…

Cuando se besaban había fuegos artificiales en el cielo, de esos de fiesta de pueblo, todo era risas y diversión. Pero la primera vez que estuvieron juntos él no pudo terminar y la culpó a ella: “Eres demasiado pasional y me sacas de onda”. Estela decidió no hacer mucho caso y siguió enamorándose con la misma intensidad. No se fijó en todas las señales que le mandaba el universo. Siguió adelante con el camino que había decidido sería el bueno, costara lo que costara.

A Román se le iba todo en apariencias; la novia perfecta: fresa, bonita, alta, con costumbres refinadas. A Estela se le iba todo en tener un novio que la llamara “suya”, que la tomara de la mano y que quisiera estar con ella.

La vida sexual era pésima, nunca lograron acomodarse ni entenderse del todo. Siempre uno de los dos terminaba lastimado y el otro bastante frustrado. Ahí se hicieron más evidentes los problemas de comunicación. Estela siempre tuvo costumbres diferentes, le gustaba lo peligroso; estar en el límite entre lo “socialmente aceptable” y lo comúnmente deseado, pero con él era imposible. No entendía qué le prendía, sólo habían reproches y malas posiciones. A Román sólo le gustaba estar dentro y terminar, cosa que nunca podía. Aún así, se aferraban uno al otro como si no hubiera otra cosa fuera. Como si el mal sexo fuera compensado por todo el amor que se tenían.

Al año, Estela tenía muchas dudas de querer seguir adelante. Descubrió que Román se escribía con su exnovia. Laura le había escrito desde el exilio para decirle que lo había perdonado y que todavía lo quería. Él nunca le dijo nada abiertamente sobre Estela y le daba pena enseñar las fotos de ellos como pareja. Lo peor fue cuando se citó con ella en un café del barrio viejo, le pidió a Estela que lo acompañara, pero ella tuvo que esperar afuera. Ni siquiera se la presentó.

Entre los dos sólo se daba el terror psicológico con altísimas dosis de pasión, terminando en frustración. Un círculo vicioso que ninguno de los dos quiso detener a tiempo. Él la celaba obsesiva-compulsivamente, la seguía a todas partes y se oponía a que viera a sus amigos, mucho menos si sólo eran hombres. Ella lo humillaba públicamente y se especializaba en hacerlo quedar como el imbécil que pensaba que era.

Se convirtieron en la pesadilla viviente uno del otro, pero aún así no consideraron ni un segundo dejar de estar juntos. ¿Para qué? Mejor se vieron a vivir como pareja y para, eventualmente, formar una familia. Mientras Estela disfrutaba escuchando Mal bicho de Manú Chao, Román se enojaba y ponía a Lacrimosa a todo volumen.

Ya ninguno podía respirar el mismo aire que el otro. En lugar de impulsarse, se jalaban más al hoyo. Hacia fuera todo era “perfección”, eran la pareja ideal que hacía planes de boda. Hacia dentro, ella engordaba un kilo por semana y él se amargaba aún más.

Pero entonces, en un giro del destino, 20 semanas después…

Román conoció a una chica que venía de intercambio, que sólo pensaba en fiestas y diversión. Inmediatamente se prendó de ella. Se ofreció a enseñarle la ciudad, los mejores bares y a darle todas las diversiones. Estela supo desde el principio que ese era el fin. Que había llegado la brisa que ella tanto había esperado. Ya se había cansado de despertar llorando, odiando el olor del cuerpo de Román.

Se acabaron las vajillas, los pleitos cada vez eran más violentos, más constantes. Ya ni el recuerdo quedaba de aquellos besos con fuegos artificiales. Todo eran gritos, platos rotos, que él desapareciera horas de la casa mientras ella se quedaba barriendo sus lágrimas. I wish I loved you more de Candie Payne sonaba constantemente en esos momentos.

Pero llegó el día. Estela sólo buscaba pruebas, Román sólo buscaba pretextos. Ella los encontró juntos, también el día de su cumpleaños. Maldita costumbre de que siempre se joda todo el día en que celebro que llegué a este mundo, dijo gritando antes de azotar la puerta, para nunca más volver.

Román intentó hablar con ella, explicarle..pero no había nada qué explicar. Todo se había terminado de una forma intempestuosa, violenta, casi igual que cuando empezó. Decidió mandarle correo avisándole que tomaría el dinero de la cuenta conjunta para irse a “encontrar” a Europa. Que él se sentía menos con ella, que era un pobre diablo sólo con el dinero de la bolsa del pantalón (20 pesos, para ser exactos) para poder ofrecerle felicidad. Que le deseaba lo mejor, una buena vida…y que la amaba profundamente. Que quizás regresaba en tres meses y se casaba con ella.

Ese día, Estela decidió hacerle caso a la canción de Adele, Set fire to the rain y le prendió fuego a la lluvia., casi literalmente Se despidió de él, deseándole que se cayera su pinche avión y que nunca regresara. Su corazón dejó de latir por breves instantes, se vió en el espejo: gorda, vieja, amargada, infeliz.

Esa no era Estela y esa no era la vida que quería para ella. No quería un amor “perfecto”, no quería la vida chiquita con el amante chiquito y las aspiraciones poquitas.

Probablemente Román tampoco quería eso y por eso se fue así, a la francesa.

Cinco años después, Estela bajó más de 20 kilos, conoció a varios chicos y tuvo cualquier cantidad de amantes. Necesitaba demostrarse que no era mala en la cama y que en verdad ya no tenía corazón. Se perfeccionó en las artes amatorias y en el papel de femme fatale.

Román fue de una novia a otra, todas con nombres similares al de Estela. Se perfeccionó en demostrarse que era el novio perfecto y que no era sólo un hombre de paja, recorriendo el camino amarillo, pero sin corazón.

Durante esos años, Estela le mandó algunos correos a Román. Necesitaba calmar los demonios, necesitaba disculparse por haberle deseado la muerte. Decidió dejar ir, para poder estar lista para recibir al nuevo amor. Él ni siquiera contestó. Se habían lastimado lo suficiente y él no estaba listo para perdonar.

Ella encontró a un hombre que la lleva por caminos misteriosos y que le enseña cosas sobre el universo. Se ha enamorado como nunca pensó que podría hacerlo y guardó a la femme fatale. Ella dejó ir, olvidó y perdonó. Cada noche de San Juan piensa un poquito en Román y llora con esas lágrimas que se secan con el viento. Román ya no piensa en Estela, bloqueó su nombre y olvidó su risa. Todo se murió cuando dejó que su corazón se fuera con ella, casi sin darse cuenta. Aún ahora lo sigue buscando, rozando la línea fronteriza que podría acercarle a aquella que alguna vez fue lo más preciado, pero se aleja cantando “El porqué de tus silencios”, de Bunbury.

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Imagen: desdetasmania (CC Flickr)

Menos es más… | Historias de Hojaldras y otros panes


Ella nunca dejó de luchar por sus ideales. Siempre se puso del lado menos sencillo, ese en el que cuando decides pararte ya no hay vuelta atrás. Siempre tuvo muchas dudas con sólo una constante: ayudar a mejorar el entorno.

Muy interesada en el tema de ayudar a los menos favorecidos, era ávida lectora de toda la bibliografía que pudieran darle sobre eso. Cuando escuchaba en la universidad las posturas de aquellos que creen que los pobres son “algo que se ve feo en las grandes ciudades” no podía contener el fuego en la mirada y se esforzaba cada vez por hacer pequeñas acciones. Creía en el “menos es más”.

En ese tiempo, tarareaba constantemente: “te sienta bien el sol, te sienta bien ser cool, te sienta bien el mal, te sienta bien ser Dios, te sienta bien mentir y decir que te fuiste yendo de nuestro lugar”, de Los Fabulosos Cadillacs.

Amores varios, algunos pasajeros, otros profundos. Su vida cambió cuando decidió irse a estudiar un semestre al otro lado del planeta. No sólo quería saber cómo vivían en el otro extremo, necesitaba experimentarlo.

Al principio decidió que sólo serían seis meses, pero entonces lo conoció. Él, un francés totalmente despreocupado, alegre, con un gran sentimiento de paz y una enorme concepción de lo que es la libertad. Entre ellos dos, desde entonces, sólo existió un Corazón Delator (Soda Stereo).

De esas historias mágicas en las que sólo con verse sabían que iban a estar juntos. Ya no existían más personas que habitaran sus historias románticas, sólo ellos dos. Viajaron juntos por el extremo del mundo: Bali, Singapur, Islas Mauricio, Indonesia, China, Bangkok.

Ella encontraba que la miseria está en todas partes. Ideaba planes de acción, estrategias. Él se enamoraba cada vez más de ella, de su pasión hacia la humanidad entera, de su fortaleza al tratar de documentar marchas sin ser fotógrafa, al hablar del derecho del otro sin ser abogada.

Se separaron sólo unos meses, los suficientes como para que ella se graduara de la universidad y tramitara los papeles necesarios. Ahora vivirían su amor y estarían juntos, viajando por el mundo.

Decidieron que la Torre Eiffel sería el marco para prometerse amor frente a sus más cercanos y en el Sena se vieron en su vida futura. Sí, demasiado cursi para una activista pero sólo lo suficientemente real para una historia de amor real.

Cuando vives el amor como algo diario, un medio de comunicación, cuando sabes que quizás no haya mañana, entonces te juegas el pellejo al día. Igual con el amor, si sabes que se puede terminar en cualquier momento, ¿Por qué amar con reservas?

Una temporada en México bastó para que ella consiguiera los contactos necesarios y poder cumplir uno de sus sueños: trabajar para concientizar a la gente sobre el grave peligro que representan las bombas abandonadas y enterradas en tierra de nadie.

La que siempre ha creído que el amor es para siempre, hasta que siempre dure, viviéndolo como si mañana ya no existiera y su caballero francés, que luchaba en África por promover el trabajo justo respetando el medio ambiente, consideraron que el amor entre ellos era suficiente.

Irónico que dos luchadores incansables no quisieran tener hijos. “¿Para qué? Hay suficientes personas aquí afuera a las que necesitamos ayudar. Además, no sabemos si el mundo tiene solución. A cada momento intentamos mejorar el entorno, pero existe el profundo miedo que las cosas empeoren. No sé cómo podría explicarle eso a mis hijos”, me confesó ella en alguna coincidencia hermosa del destino.

Además, tenían en contra que sólo pasaban seis meses juntos al año. Ella viajaba por todo el mundo dando conferencias y promoviendo el respeto al prójimo. Él se encontraba lejos de todo contacto, recluido en un trabajo en el que sólo veía la luz temporalmente. Qué mejor respiro que viajar la mitad del año creando nuevas historias con el único amor que le interesó conservar, el de ella.

Aún así, consideraban que serían los eternos tíos. Sólo ellos dos, con su amor constante, etéreo, enorme.

Pero 10 años después, cuando el para siempre resultó un espacio atemporal a prueba de cualquier distancia, el pequeño Suraj decidió que Wanda y Cyril serían sus papás.

Ellos decidieron darle una nueva oportunidad al mundo, sí ese por el que tanto han luchado y que tantas dudas les genera, para recibir con los brazos abiertos a quien los eligió para que lo guíen por los caminos que sean necesarios para conseguir la evolución.
Con Wake Up, de Arcade Fire, celebremos que sólo somos un millón de pequeños dioses causando tormentas de lluvia. ¡Bienvenido Suraj!

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Imagen:Kalyan02 (CC Flickr)

Lo duro del caramelo… | Historias de Hojaldras y otros panes

Nada nuevo, de esos domingos interminables en los que me comía los ojos del aburrimiento. Jugando con el shuffle del itunes, I´m losing you distrajo mi atención y te pensé. En efecto, te había medio olvidado desde que las cosas se han puesto verdaderamente intensas y románticas con mi cariño, pero aún así siempre tenías un pedacito en mi mente.

Tú te convertiste en mi baúl de confidencias, de sueños truncos, de seducciones inconclusas. Fuiste ese hombre que encontré entre amores, dispuesto a escucharme, a leerme, a contarme historias especialmente escritas para mi.

Claro que hubo intentos de vernos, de traspasar la delgada línea entre una pantalla y la realidad, pero las horas no cuadraron, cuando uno quería el otro no podía, quizás no estábamos predestinados para una historia física, como tantos otros que se conocen en línea, pero nunca coinciden.

Casi a la par, me fui enamorando de el que hoy sostiene mi mano y me besa entre “te quieros”. Desde que él llegó a mi vida todo ha sido intenso, raro, mágico. Y sí, perdí un par de meses la cuenta de otros chicos, de otros amores, de otros cuentos. Me gusta pasear por ahí sintiendo que no existe el piso, flotar entre imágenes y sensaciones. Con él no existe el tiempo, sólo las sensaciones.

Pero justo hoy, mientras escuchaba Mala Vida de Mano Negra, te recordé. Le hiciste falta a la parte izquierda de mi cerebro. Acostumbraba leer tus cuentos cada semana, tus experimentos literarios e imaginar cómo construir ése al que me invitaste. ¡Vaya sorpresa! Intenté buscar el link a tu página y ya me habías borrado de tu twitter y del Facebook. Como si con borrar a las personas podemos dejar de pensar en ellas. O de sentirlas. O de….pues de nada, si ya las borramos es que hemos decidido sacarlas de nuestras vidas.

Me resulta frustrante que la primera carta que te escribo sea la última. Siempre quise saber qué se sentía caminar entre callejones con un libro de tu mano y una “hojaldra” de la otra. Pero nuestro último intercambio de mensajes debió haberme dado las claves que resuelven el misterio: “estoy aprendiendo a no clavarme, a experimentar eso que tú le llamas poliamor”. No entendí qué querías y a qué te referías. Yo estoy muy en lo mío, en conocer este corazón que late diferente, al que no le interesan los multifamiliares y que brinca del gusto casi por cualquier nimiedad.

Tú, experimentando lo “duro del caramelo”. La parte ácida del sexo. Lo sórdido del amor. Yo, viviendo el romance de secundaria, donde no tengo ojos ni suspiros para alguien que no sea él, que no eres tú.

La suerte estaba en la mesa; la baraja española había hablado. Sí, esta no era nuestra historia y este no era nuestro momento. Entiendo tu partida, sobre todo ahora, con tus nuevas “preferencias”. Aún así, me hubiese gustado mucho que te despidieras.

Yo me quedo con tus cuentos eróticos, los relatos que construimos juntos y las sensaciones jabonosas. Tú sabrás qué te llevaste y qué tiraste en el rápido huir. Ahora sí que “te fuiste a la francesa”.

Quisiera decir que no me duele, que la gente no se encariña con quienes conoce vía Internet. Que todo es cuestión de personajes y de formas. ¿La verdad? Sí te voy a extrañar, sí me encariño con las personas que conozco y sí duele, pero no quiero meterme en un círculo vicioso que la única salida es la que ya decidiste.

Que te vaya muy bien, gracias por los momentos “virtuales”, por las sensaciones, por las ideas, por jugar al futuro próximo, sí ese que nunca llegó. Al final del día, All that we perceive de Thievery Corporation me acompaña, aún cuando te fuiste y ni siquiera sé desde cuándo. Mi realidad la construyo con lo que percibo, siento, experimento, sueño, gano…y pierdo.

Es lo bueno de vivir al día.

Cuando alguien como tú, decide irse sin avisar, es sólo cerrar el día. Saber que mañana no estás ya no duele tanto. Quizás yo tampoco esté en la vida de alguien más.

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Foto hexenesi (CC) Flickr!

“No es cierto, no es cierto, no es cierto…” | Historias de hojaldras y otros panes

Esta es una continuación de Vivamos nuestro idilio para siempre

Mi canción favorita es Turn me on de Norah Jones. No me importa que sea cortita o muy sexy, me recuerda perfecto cuando conocí al único hombre que me ha hecho perder la cabeza, sí, completita.

Yo apenas estaba entrando a la universidad, él todo un catedrático. Sí, era el cliché con patas: saco de pana con aplicaciones de piel, barbita de tres días, cabello medio larguito y enseñaba literatura inglesa. ¿Cómo no enamorarse de quien me explicó a Hemingway?

Soñaba todo el día qué sería perderme entre sus besos y sus piernas. De verdad que ya no podía pensar en nada más. Ese olor a madera seca y aliento fresco cuando hablaba de cerca me ponía muy mal. Hice todo lo que pude para que cayera, y cayó.

No pensé en su esposa, en el bebé que acababan de tener. Me aseguré que se obsesionara conmigo tal y como yo lo estaba con él. Cuando por fin pasó, cuando por fin lo tuve en mi cama, tuvimos el sexo más perverso y divertido del que haya tenido memoria. Entré en los nueve círculos del infierno dantesco y ni siquiera me interesó buscar a Beatriz. Con él entre mis labios, no existía un mañana previsible.

Si me preguntas, tampoco me arrepiento. Duró tanto como se pudo y cada vez era menos probable que terminara. Él le robaba horas al día para verme y yo le administraba el tiempo a mis otros amantes, para poder amanecer entre las piernas de los dos.

Nunca había sentido una pasión igual, ni con mi “novio” el psicoanalista. Sí, ese del que tan bien te sabes la historia pues varias veces nos viste besándonos hasta los huesos en la biblioteca de la escuela. Ese que me enseñó que la concupiscencia es la eterna fiesta de la perversión, era un novato comparado con el cliché de docencia.

Pero tú siempre estuviste ahí, dispuesto a escuchar mis enredos, mis historias, mis sueños. Me limpiaste las lágrimas cuando el profesor se encontró a una más joven, cuando el psicoanalista me dejó por una más grande.

La verdad es que nunca fuiste el objeto de mi afecto, nunca te me antojaste para que me agarraras a los besos hasta que el atardecer nos iluminara la piel. Siempre fuiste el noble, el dispuesto a todo. El que me iba a buscar al hotel cuando yo estaba harta de cualquiera y los dejaba ahí, sin más.

Ese día que te llamé estaba a punto de darle un trago al Drano. Sí, muy poco elegante. Desperté sabiéndome sola, sin amantes, sin amores, sin nada. Inventé la excusa del museo de arte pues así me hablarías de todo lo que hay dentro y no me preguntarías nada sobre mi semblante.

Besarte fue lo más fácil. Amanecer contigo se me hizo costumbre. Sólo me siento acompañada y no tengo ganas de dejarte. Dices que hoy habrá una sorpresa. Sí, necesito hablarte. El profe de literatura regresó y quiero contarte que volví a besarlo y nada cambió.

Estar contigo calma mis ansias de soledad, llenas mis momentos de calma. Haces que camine diferente y que me acostumbre a tu mano. Pero él provoca que me cambie el Ph y que huela todo a su aliento. Con él no me importa el mañana ni morir en el instante en que lo tengo dentro.

Llego a la casa y huele delicioso. Estás más guapo que nunca. Seductor, nervioso. Siento una vibra rara, debe ser que no sé cómo contarte que pasé toda la tarde con él. Cómo extrañaba sentir sus muslos y los dientes desgarrándome los sueños.

Sirves la cena, pones a Los Strokes de fondo. Rarísimo, ni te gustan. Se escucha Trying your luck. Te beso, estoy contenta. Me abrazas, como temblando. Alcanzo a ver que debajo de tu servilleta hay una carta. Te pregunto de qué se trata. Con el control remoto pones High and Dry de Radio Head. Estás a punto de contarme.

Suena el teléfono. Mi teléfono. Me paro. Contesto: “Alló? Sí, soy yo. Sí, sí lo conozco. Sí, estuve ahí hasta hace un par de horas ¿Qué le pasó qué? No puede ser. Sí, sí tiene una moto. No es cierto. NO ES CIERTO. NO. NO ES CIERTO”.

Suelto el teléfono. No puedo hablar. Las lágrimas inundan la habitación. Ya no sé más de mi. No puedo creerlo. No pienso, no hablo. Simplemente ya no existo.

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Foto chopo63 (CC) Flickr!

Vivamos nuestro idilio para siempre… | Historias de hojaldras y otros panes


Mil veces pensé en cómo escribirte esta carta. Me sentaba en el pasto en el parque donde tuvimos nuestra primera cita, garabateaba algunos trazos e intentaba poner el letras todo lo que siento cuando estamos juntos. Nunca he sido del tipo cursi, más bien me considero seco y huraño, así que la primera vez que sentí la necesidad de decirte un “te quiero” me tomó por sorpresa y no supe cómo reaccionar.

La verdad es que en la escuela nunca tuve suerte para las chicas, yo era el clásico estudiante “estrella” que se preocupaba por hacer tareas y trabajos extras. Sí, pertenecía al cliché de lentes enormes de pasta, torpe para los deportes y experto en matemáticas.

Sí, ese era yo. El que te observaba en silencio, el que se ofrecía a hacerte las tareas. El que suspiraba por que le sonrieras una sola vez antes de la clase de deportes. El tímido que mandaba cartas y flores en San Valentín con algún seudónimo. Ese que en tu cumpleaños te llevaba serenata, yo tocando la guitarra con dos amigos más, hasta que tu papá salía mal encarado para decirnos que no estabas y que estábamos molestando a los vecinos.
No podía creer cuando te acercaste con esa gran sonrisa. “Hola, necesito un acompañante para el nuevo museo de arte y me han dicho que esa es tu especialidad. Quieres venir conmigo?”. Yo era de lo único que no sabía, de arte. Pero con tal de salir contigo, tartamudeando dije que sí. ¿Sabes? Con el paso de los años me hice tosco, duro. Pensé que no había mujer alguna lo suficientemente inteligente como para que yo quisiera platicar con ella. Todas habían marcado mi camino con un corazón roto y una patada al charco de lodo. Hasta tú.

Así que desarrollé un sentido irónico para ver la vida, alejándolas cuando en realidad quería acercarme a ellas. No sabía cómo sostener una conversación para “ligarlas”. Eso dejó de interesarme hace mucho. Me enfoqué en mi trabajo y en volverme el mejor en todo. Secretamente enamorado de ti siempre. Viví todos tus novios, fui tu confidente hasta en las relaciones más enfermas que tuviste.

Esa visita al museo nos cambió la vida. Descubrí una mujer inteligente, hermosa, con ganas de aprender. Te dejaste seducir con mis tan ensayadas técnicas (jamás usadas). Todo contigo es un hermoso descubrimiento. No sabía a qué sabían los besos hasta que los probé en tus labios. Cursiladas como esas se me escurren a diario y tengo que contenerme, para no empalagarte hasta la muerte.

Pero con esta carta, que seguramente descubrirás mientras estás entre mis labios y mis piernas, quiero pedirte que sigamos juntos hasta que ya no podamos más. Quiero pedirte que te cases conmigo bajo las leyes que tú quieras y vivamos bajo nuestro propio régimen. Ya no concibo amaneceres sin tu boca, ni deseo noches sin tus lunas. Cásate conmigo y vivamos nuestro idilio para siempre. ¿Qué dices?

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Foto Picturepurrfect685 (CC) Flickr!

 

 

A veces sólo hace falta estar en el lugar indicado | Historias de hojaldras y otros panes

Para Fabiola y Julio, que estaban predestinados para estar juntos.

“A veces sólo hace falta estar en el lugar indicado. ¿Cómo qué? Fácil. ¿Qué tal cuando has tenido un día de perros y sales de la oficina enojado, frustrado, sintiendo que nada vale la pena y entonces ves el más hermoso atardecer con naranjas y violetas? ¿No te convence? Quizás tengas razón, porque si estás frustrado y malhumorado sólo verás hacia abajo. ¿Y si viendo hacia el piso encuentras dinero tirado? ¿No? ¿Tampoco? Entonces es que eres de esas pocas personas que, en verdad, se han soltado de la mano de los dioses y están por su cuenta”.

Antes de que él llegara, yo estaba segura que era una de esas mujeres que no volverían a tener una relación “socialmente estable”.  Dividía mi tiempo entre mis amigos, los chicos que siempre estaban presentes y los demonios mentales, a los que una tregua no les era suficiente.

Las historias de los últimos tiempos parecían unirse para gritarme al  unísono: “El amor eterno no es para ti”. Historias en papel, historias en el viento e historias en la sangre. Todas coincidían. El “hechos a la medida” sólo se les daba a algunos pocos. Los demás estábamos predestinados a viajar en veces solos, en veces acompañados.

Me gustaba esa realidad. La acepté tranquilamente. Llegó a mi durante una corta estancia en medio de la nada. Mi voz interior me dijo con toda la calma del mundo: “Mira bonita, en este mundo hay algunos que están predestinados para volar de la mano con la primer pareja que encuentran y se convierte en amor verdadero atemporal. Los demás tienen el camino abierto para caminarlo como se les de la gana”.

Parecía cierto, yo igual que ustedes, conozco a muchas parejas que no necesitaron conocer más. Se encontraron y después de un número considerable de años siguen juntos. Jamás han sentido esa necesidad apabullante de besar muchos labios, despertar junto a diferentes caras y acostumbrarse a cuerpos diferentes.

Hace un par de años que yo dejé de buscarte, buscarlo, esperarte, esperarlo.

Acepté que soy una mujer que tomó un camino diferente al que una vez tuvo contemplado y extendí mis brazos, al principio para no morir del miedo en el intento, después –ya como costumbre- para caminar sintiendo cómo el viento me empuja constantemente. – Mientras pienso esto pasa un coche con Can´t help falling in love en la versión de UB40, distrae mis cavilaciones y pienso en cuántas historias se cruzan, cuántas dejan de cruzarse. Cuáles son para mi y cuáles para ustedes-.

Desde que terminé de leer a Murakami busco constantemente mi sombra en todas partes. La verdad es que he generado una paranoia a perderla y descubrir, entonces, que inconscientemente renuncié a mi corazón antes de cuestionármelo conscientemente.  Antes así era con el amor. Lo buscaba desesperadamente en las personas equivocadas. Le llamaba amor a la terrible ansiedad de quedarme sola, cuidando gatos, por el resto de mi vida.  Encontré amantes que me enseñaron los placeres de la vida mundana, pero también me topé con hombres que me dieron una gran lección sobre el desprecio propio y ajeno.  Definitivamente la sensación de querer arrancarse la piel después de haber recibido unos besos que no se pidieron desde un principio, es algo que no quisiera volver a sentir nunca.

Y entonces, al pasearme por el mundo predicando que no todos tenemos el mismo destino, no todos somos amantes “socialmente responsables”, ni nos vamos a casar con el (la) primer (a) novio (a) que tenemos, mi sonrisa era diferente, mis pasos más ligeros, mis abrazos…eternos.

Aprendí lo bueno de la destrucción interna y ejercí el poder de la manipulación para el placer externo. Leí sobre historias que se encuentran en el metro y se vuelven amores eternos. Conocí parejas abiertas, que son más felices desde que se comparten con otros. Experimenté la soledad.

Un día, un día cualquiera, de esos en los que te despiertas sonriendo, te bañas y sales para buscarte la vida, te encontré. ¿Me encontraste? ¿Nos encontramos? Sólo recuerdo que No Ordinary Love de los Deftones se escuchaba una y otra vez. Me llené de adrenalina la primera vez que me besaste y la sensación se intensifica con el pasar de los años.

Desde que llegaste a mi vida las sonrisas son cotidianas, los besos largos y profundos son el plato principal. Los sueños construyen historias. Las historias hacen cuentos. Los cuentos provocan sonrisas. Y es un hermoso círculo vicioso.

Hoy te digo todo esto frente a 250 invitados, en un altar lleno de flores. Este pequeño cuento es un voto de amor eterno. Sí, ese que pensé nunca encontraría. Hoy celebro que el amor triunfó y que volamos juntos hasta traspasar la línea del horizonte.

Yo me solté de la mano de los dioses pero encontré la fiesta eterna con ellos. Hoy celebro contigo que mi sombra sigue viva y está junto a la tuya, que nos dieron ganas de celebrar ante la “sociedad” que estaremos juntos mucho tiempo. Hoy soy de esas personas que saben estaban predestinadas a volar de la mano no sólo con alguien, sino contigo. Hoy sé que no quiero soltarte en mucho tiempo.

We will become silhouettes, The Postal Service se escucha mientras te beso hasta la sombra. Festejemos, pues, que el amor entre nosotros nos basta para seguir juntos.

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Foto Odin Fotografía (aka dskciado) (CC) Flickr!

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