Ni libre ni ocupado: historia de una maleta

Aquel anciano, acomplejado en la inmensidad de la Estación de Atocha, se acercó a mi taxi con su maleta a cuestas y sin mediar palabra me tendió un trozo de papel perfectamente plegado. Era la dirección de un humilde hostal del centro escrita a boli con forzada y tenaz caligrafía. Leído el destino abrí el maletero, me dispuse a tomar su maleta, pero él se negó. Prefirió llevarla consigo, sobre sus piernas, como si de un ser vivo se tratara. La maleta en cuestión era casi tan vieja y curtida como él, sin ruedas, sólo un asa y ahorcada con dos cuerdas. Por su forma de manejarla parecía liviana.

Durante aquel corto trayecto, el anciano no paró de mirar a través de la ventanilla con ojos de novedad y sin embargo distancia. Era, tal vez, su primera estancia en Madrid. Pero, ¿por qué motivo él solo? ¿por qué con tan raquítico equipaje? ¿por qué en aquel preciso y desamparado hostal?

¿Y qué llevaría en aquella maleta? Tal vez, se me ocurre, un par de mudas, un pantalón (de pana o tela gruesa), dos camisas dobladas con mesura, una pastilla de jabón artesanal que él mismo fabricó, un viejo peine de plástico al que le faltan tres o cuatro cerdas, su navaja multiusos (o puede que la llevara en el bolsillo, junto a su cartera cerrada con gomas elásticas). Tal vez también entre las camisas llevara una foto en blanco y negro de su difunta esposa. De cuando era moza. Bella y eterna.

Y tal vez, se me ocurre, al llegar a esa lúgubre habitación de hostal, abriría la maleta y colgaría en perchas las camisas y colocaría la foto en la mesilla, apoyada en la lámpara de noche. Y este simple adorno de la foto le haría sentir igual que en casa; a cientos de kilómetros pero igual que en casa; en una enorme y desconocida ciudad pero igual que en casa. Igual de solo que en casa. Igual de triste. Exactamente igual.

 

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

Este texto no es copyleft y ha sido reproducido únicamente con permiso del autor.

Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: sordera selectiva

Comencé a escuchar a trompicones el nuevo CD de James Blake y pensé que se habría ensuciado el lector láser de mi taxi. Como no soy nadie sin la música dejé al instante de trabajar y llevé mi taxi a un taller de audio que reparó el problema en apenas un par de horas (y otro par de billetes de 50).

Confiado en el buen hacer de los técnicos, salí de nuevo a trabajar y, antes de meter siquiera el mismo CD, me paró una mujer, tomó asiento y me dijo:

- Bue— tar—. ¿Me –va a la ca– Bra– Muri– tr—— y dos?

- ¿Perdón?

- –vo –rillo treint– y –s.

- No entiendo lo que dice.

- ¿-stá s-rdo?

- No lo sé. A ratos…

No podía creer que ahora también escuchara a la mujer a trompicones. Entonces comprendí que el fallo no era del lector de CD, sino mío. Tal vez tuviera un cable pelado en el oído interno que hacía mal contacto con la etapa de potencia del cerebro. Probé golpearme la cabeza con la mano, por si el cable volvía a su sitio.

- Hábleme ahora - le dije a la usuaria.

- ¿Y q– qui-re q– le c-ente?

- Joder…

El estrés. Podría ser del estrés. O un efecto secundario de esa gripe que no llegó a curarse del todo. Debería de ir al médico. O al otorrino. Menuda palabra: “otorrinolaringólogo”. Guiness a la pedantería para el que la inventó.

Pedí cita para mi médico de cabecera y ahí estuve, como un clavo, en la sala de espera aguardando mi turno. Había un televisor en la sala de espera emitiendo un boletín informativo. Escuché al presentador también a trompicones, pero luego la imagen pasó a una rueda de prensa de alguien del PP tratando de explicar los viajes en business de sus eurodiputados y entonces, ahí, lo escuché todo del tirón, sin saltos. Entendí sus palabras con total nitidez. Luego volvió el presentador y otra vez le escuché a trompicones. De ahí pasó a otra declaración de otro político, esta vez del PSOE, explicando por qué no es posible cancelar una deuda hipotecaria entregando las llaves de tu casa al banco acreedor y de nuevo le escuché bien, sin saltos.

Ahí comprendí que mi problema era selectivo. Sólo era capaz de entender bien a los políticos.

Le conté mis síntomas al doctor. Al instante, me dio un diagnóstico:

- Sufres el mal de la hipocresía. ¿Has frecuentado últimamente el Congreso de los Diputados, o aledaños?

- Alguna vez me he quedado esperando en la parada de taxis de la Plaza de las Cortes.

- Será eso. No te preocupes. Tiene cura. Alterna una de estas dos recetas cada ocho horas.

El doctor me tendió unas cuantas papeletas del PSOE y otras tantas del PP.

16 horas después ya me he tragado dos, una de cada, y parece que funciona. Ahora escucho con sobrada nitidez al ciudadano y no entiendo una mierda de lo que dicen los políticos. Gracias, doctor.

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: los relojes torcidos de Dios

Barrio de Canillejas, 11.45 de la mañana. Me levanta el bastón una anciana apostada en la acera junto a otra más anciana aún. Detengo el taxi a su lado, toman las dos asiento, y la más viva me dice:

- Buenos días, hijo. Queremos ir a una iglesia, lo más rápido posible.

- Eso está hecho. ¿A qué iglesia desean ir? – pregunto accionando el taxímetro.

- No lo sé. No somos de aquí. Mi nieta me ha apuntado un par de ellas. Dice que son las mejores. Mire - la anciana saca de su bolsillo una nota con dos direcciones apuntadas.

- Sí. Están en el centro -digo después de leer el papel..

- ¿Llegaremos a la misa de doce? – me pregunta la otra.

- Imposible. Apenas faltan 10 minutos para las doce, y estamos lejos del centro - digo.

- Pues llévenos a la más cercana. ¡Deprisa!

Busco en el navegador la iglesia más cercana. En el menú de búsqueda selecciono “Lugares de Culto”. La iglesia más cercana se encuentra a escasos 950 metros. Iniciamos la marcha.

Durante el corto trayecto, la más anciana le dice a la otra:

- Tendríamos que haber salido con más tiempo, Conchita. Si tu nieta nos apuntó esas dos iglesias, por algo será. Ya sabes que no me gusta ir a lo loco y meterme en cualquier parrocucha de barrio.

Aun con los semáforos y el atasco, llegamos 5 minutos antes de las 12. En efecto, se trataba de una parroquia humilde de barrio.

- A menuda birria de iglesia nos ha traído, hijo.

- Era la más cercana – contesté.

- En fin. Al menos hemos llegado a tiempo. No te enojes, Maruja. Tome, cóbrese.

Me pagaron los 3,15€ de la carrera y allá que fueron. Las dos, cogidas del brazo, puntuales a su cita diaria con Dios.

Maruja no quería celebrar su misa de hoy en una parroquia de barrio. Pensé que llevaría bien a mano, en el bolso, su Tarjeta Eternal Travel con miles de puntos acumulados durante toda su vida:

  • Asistir, puntual, a misa: +6 puntos
  • Celebrar la misa en iglesia o catedral con imágenes en oro y suntuosos pórticos: +6 puntos
  • Celebrar la misa en parroquia de barrio: +2 puntos
  • No acudir a misa: -8 puntos (x día)

Tal vez canjeara demasiados puntos en pedirle a Dios la pronta recuperación de su ahora difunto esposo (iba de luto), y por eso necesitara recuperarlos con tanta urgencia. Menudo disgusto sería quedarse a las puertas de los 100.000, y no poder cursar su vida eterna en Preferente.

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Contra tu propia corriente

Pasa inexorable el tiempo, tu tiempo, pero un buen día te levantas como víctima de un letargo y piensas:

- ¿Qué he hecho en los últimos años?

Enumeras:

- Trabajar, claro. Quitarme unos cuantos años de hipoteca. Haber vivido lo del Mundial de fútbol, el coche nuevo, follar con unas cuantas mujeres, la tele de 42 pulgadas, aquellas vacaciones en Brasil, engancharme a un par de series, el iPhone, cambiar al gintonic, engordar dos tallas…

Cada vez te cuesta más:

- …la maqueta del barco ese que no acabé, la saga Milenium (me leí los tres del tirón), los cinco meses que perdí con Patricia (¡bah!, que la jodan), aquella temporada que me enganché al poker on line…

Y entonces vuelves a preguntarte:

- ¿Qué coño he hecho en los últimos años? ¿me conformo con eso? ¿tengo planes? ¿cuál es mi proyecto de futuro? ¿otro coche más potente? ¿ascender en el trabajo? ¿follar más? ¿sólo eso?

Y concretas:

- Necesito proyectos. Veamos… ¿qué me gusta hacer? ¿cuál es el mejor momento del día? Puede que los domingos de fútbol en casa de Javi o en el bar con los colegas. Pasar bien el rato, y tal.

Te clavas en ese punto:

- Pasar el rato. Mi vida consiste en pasar el rato. Apenas tengo nada que aportar. ¿Aficiones? No sé… ¿qué se me da bien? Dibujar. De pequeño tenía aptitudes para el dibujo. Fui un par de años a clases de pintura al óleo. La verdad es que no recuerdo muy bien por qué lo dejé. ¿Qué tal se me daría retomarlo después de tantos años? Pero no tengo pinturas, ni pinceles, ni lienzos…

Sales a la calle. Aún tienes el coche en el taller, así que paras un taxi. Mi taxi.

- Buenos días – me dices, sonriente.

- Buenos días – contesto.

- ¿Conoce alguna tienda de dibujo artístico por la zona? Pinturas al óleo y demás, ya sabe…

- Sí. Conozco una a cinco minutos de aquí.

- Genial.

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Conjuros

Dos adolescentes, en el asiento trasero de mi taxi:

- Es que te juro que no paro de darle vueltas.

- Olvídalo. Javi pasa de tu culo, Rebe.

- ¡Pero si no hace más de tres semanas que lo dejamos! ¿Cómo puede estar YA con otra?

- Ya no sé en qué idioma quieres que te lo diga, tía. ¡Olvídate de él!

- ¿Y cómo quieres que me olvide?

- Haz lo de la foto en el congelador.

- ¿El qué?

- Sí, tía. Mete una foto de Javi en el congelador. A mí me funcionó con Claudio. Lo hice y me olvidé de él en un pispás.

¿Meter una foto en el congelador para olvidarte de alguien?, pensé mientras conducía ausente, en apariencia, de su conversación. Aquello me pareció la típica chorrada de adolescentes, el típico conjuro Súper POP con más carga sugestiva que otra cosa. Aunque, pensándolo bien, tal vez yo necesitara de esa misma sugestión para olvidarme de Beatriz. Si todo fuera tan fácil como meter una foto suya en el congelador… ¿Por qué no intentarlo?

Hace tiempo decidí quemar todas las fotos de Beatriz pero, a falta de una foto suya, podría usar una mía. ¿No es, acaso, Beatriz parte de mí?

Al llegar a casa me hice una foto a mí mismo, la imprimí en un A-4 y la metí en el congelador. Para hacer tiempo (la usuaria no dijo cuánto tardaba en hacer efecto el conjuro), me dispuse a escribir este post.

Hasta el momento, todo parecía ir bien, pero al llegar al cuarto párrafo he comenzado a olvidar cosas. Primero, mi nombre (he tenido que leerlo en la cabecera del blog para acordarme: Daniel Díaz). Luego olvidé mi profesión (también he dado con ello leyendo los párrafos anteriores), o mi edad; si tengo hermanos, el número PIN de mi teléfono, mi número de teléfono, mis aficiones…

¿Qué hago escribiendo aquí? ¿por qué tengo un blog en 20minutos? ¿qué es un blog? ¿olvidaré también cómo se escriben las palabraz? Parabrs, palaranf, femegruan lk eusn nleky ajbnasoy bnsynñu alw

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Héroes

Cruzando Vallecas, el usuario (treinta y pocos, barba de tres noches, peinado a lo Assange) me habló del último escándalo de dopaje en el deporte mientras liaba un cigarrillo, “pa luego”:

- Los artistas se drogan y no pasa nada. Nadie se escandaliza cuando tal o cual cantante compone un temazo bajo los efectos de la farlopa. Admitimos que ese tío necesite forzar su coco con mierda para estirar la creatividad, o para aguantar una gira. Nunca oirás decir que Keith Richards es un drogata de mierda, sino todo lo contrario. La peña dirá “qué cabrón. Lleva cuarenta años poniéndose hasta las cejas, y ahí está”. Por eso no entiendo que todo el mundo se eche las manos a la cabeza cuando un deportista de élite se mete anabolizantes, o lo que sea. Los deportistas son mendas que tratan de forzar su cuerpo al igual que los artistas fuerzan su coco. Pero no sólo por meterse mierdas ganan medallas o venden discos. Por muchos esteroides que yo me meta, te aseguro que no sería capaz de correr siquiera los 1.500, como la Marta Domínguez esa. Y por muchas drogas que me metiera jamás habría podido componer temas como Like a Rolling Stone. Son gente especial, tienen un “don”, y no hay más que hablar. Con sustancias o sin ellas.

El usuario era camarero. Le llevé al bar donde trabaja desde hace más de 15 años. Hoy sólo había dormido dos horas: ayer se “lió” y llegó a casa a las 9 de la mañana (a las once y media tomó mi taxi duchao y peinao). Antes de bajar, me dijo:

- Me quedan 14 horas de trabajo por delante. Aún me quedan 10 minutos para entrar, así que déjame en ese otro bar. Me da tiempo a tomarme una cervecita, para despejarme. Es lo mejor. Ni café, ni hostias. Una cerveza con su tapita de callos, y como Dios.

Aquello me dejó más conmocionado que sus propias alabanzas a los artistas o deportistas en general. Ni Marta Domínguez, ni Keith Richards. El héroe era él.

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: El humo del recuerdo

El humo de mi cigarro tiene tus curvas. Eres un cáncer enquistado en la memoria. Le pido consejo al médico de guardia que me mira y limpia vasos al otro lado de la barra. Me receta dos de tequila y una cerveza cada media hora. La dosis funciona. Ahora  asomo la cabeza otra vez a tu balcón. Acabas de apagar la luz. Me enciendo por dentro. Pido otra ronda. Sé que ahora duermes, pero no lo que sueñas. Tal vez, si consiguiera emparejar mi Bluetooth con el tuyo, podría trepar por las hondas invisibles de nuestros móviles hasta tu balcón. “Rastrear dispositivos”. Ahí estás. No me atrevo. Pido otra ronda. El doctor me dice que no, que ya va a cerrar la consulta. Salgo de ahí y me meto en mi taxi. Estoy demasiado borracho de amor para conducir. Me acurruco en el asiento trasero. Hace frío. Tal vez, si consiguiera soñar lo que tú sueñas, podría entrar en tu cabeza, formatearla y empezar nuestra historia de cero. Sin mentiras, ni terceras personas. Enciendo otro cigarro. Me trago el humo de tus curvas. Soy un cáncer enquistado en tu memoria.

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: La novia invisible

Me sorprendió escuchar susurros en el asiento trasero. Alcé la vista hacia el espejo: era mi usuario (40 años, chaqueta y corbata floja, lentes gruesas), cubriéndose la boca para que yo no percibiera el movimiento de sus labios. Susurraba algo mientras miraba de reojo a su izquierda. A su izquierda no había nadie. Sólo viajábamos él y yo. Lo juro.

Agudicé el oído. Sólo conseguía oír palabras sueltas: “cariño”, “hipoteca”, “Mariam”, “fútbol”. Después dejó de hablar e  inclinó ligeramente la cabeza, como para escuchar a su interlocutora invisible (supuse que se trataba de una mujer llamada Mariam; tal vez su esposa o su novia imaginaria). Luego volvió a susurrar, subiendo el tono aunque con la mano aún tapándose la boca. Ahí sí que pude escucharle con sobrada nitidez: “Que es el Barça-Madrid, joder…”. Y volvió a inclinar la cabeza. Su gesto parecía cada vez más serio (ceño fruncido, mordiéndose un dedo aprovechando su mano en la boca).

“No me chilles”, susurró claramente molesto.

Ella debió de decirle algo ofensivo, ya que él reaccionó levantando las cejas y diciendo: “¿Sabes lo que te digo? ¡que ahí te quedas!”

Carraspeó y, ya sin su mano en la boca, me dijo en voz alta:

- Perdone…

- ¿Sí? – dije como si nada.

- ¿Podría pararme aquí? Olvidé que… tengo que hacer unas compras en… esa tienda – me dijo señanalando la mercería del otro lado de la calle.

- Ok.

Detuve el taxi, paré el taxímetro y el hombre me pagó. Antes de bajarse volvió a mirar el asiento vacío de su izquierda y volvió a susurrar, enfadado: “Te espero en casa”. Y cerró con un portazo.

Reanudé la marcha.

Instantes después, conduciendo mi taxi libre por el Paseo de la Castellana, comencé a sentirme extrañamente observado por aquella mujer imaginaria. Incluso llegué a notar su aliento en mi nuca. Un aliento cada vez más cálido y nítido, como con sus labios a punto de rozar mi piel.

Víctima de una excitación sin precedentes, detuve mi taxi en un vado y comencé a masturbarme.

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Mundo táctil

Vivo rodeado de pantallas táctiles (la del móvil, la del ordenador, la del navegador GPS, la del monitor de TV del taxi, la del iPad…), de ahí mi lapsus: Se me había metido algo en un ojo. Aprovechando un semáforo me asomé al espejo retrovisor y, en lugar de abrirme el ojo con los dedos para buscar mejor la mota, toqué el espejo con la intención de seleccionar y agrandar la imagen, o algo así. Lo raro fue que nada más tocar el espejo se abrió una pestaña nueva (en mi párpado). Hice doble click en el espejo y aparecieron, de súbito, otras dos pestañas más sobre mi ojo derecho.

Asombrado, pasé el dedo por el reflejo de mi ojo en el espejo, de derecha a izquierda (como quien pasa de una foto a otra en un iPad) y, de súbito, mi ojo se giró 180º, mirando ahora hacia dentro, hacia mi cráneo, sólo ese ojo. Y así acabé: con el ojo izquierdo mirando hacia la calle y el derecho observando mi propio cerebro (con sus chispitas neuronales rodeando la corteza).

Se abrió el semáforo y los coches comenzaron a pitarme. Yo accioné los warning y acerqué de nuevo la cara ante mi espejo para darle con el dedo y retomar así la posición normal de mi ojo invertido. Pero no atiné, y en lugar de darle al reflejo de mi ojo derecho, le di al izquierdo, y me quedé completamente ciego para el mundo exterior, pero con unas vistas en 3D, bien nítidas, de mi coco por dentro.

Las neuronas se movían rápido, como siguiendo un espectacular entramado de terminaciones nerviosas a lo largo y ancho de mi corteza cerebral. Eran azules. Brillaban. Al instante comprendí que todas mis neuronas seguían un mismo camino alrededor del córtex. Un camino que, en su conjunto, formaba una silueta, la silueta de un rostro perfectamente delimitado: frente, nariz, boca, barbilla, cuello, nuca, cabello…

Reconocí la silueta. No existe otra igual en este mundo. Era la tuya. Manda huevos que sólo consiga ver las cosas más claras quedándome ciego. Te amo.

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Nunca sabremos qué pasó

- ¿Qué le debo? – me preguntó el usuario.

- 9,35€ – le dije parando el taxímetro.

El hombre se tanteó los bolsillos y soltó:

- ¡Mierda! Me lo he dejado todo en el despacho. La cartera, las llaves y el móvil. Si me espera un momentito, le digo a mi mujer, por el telefonillo, que me baje dinero y yo le pago, ¿ok?

- De acuerdo – le dije.

El hombre salió del taxi corriendo, se detuvo en su portal, pulsó un botón del telefonillo y, tras una breve conversación que no alcancé a escuchar, volvió al taxi.

- Que… mi mujer no puede bajar. Tendré que subir yo. Así que, mire: le dejo lo que sea “en prenda”, para que se fíe, y ya bajo, ¿vale? -  el hombre comenzó a hurgarse en los bolsillos y, al no encontrar nada de valor, se miró las manos (su alianza de casado, para más señas), y de un tirón se sacó el anillo del dedo y me lo lanzó por la ventanilla.

- No hace falta que me deje nad… – quise decirle, pero ya se había marchado.

Le vi llamar de nuevo al telefonillo y desaparecer por el portal.

Durante la espera biopsié el anillo. Era una alianza de oro con muescas, feísimo, y una inscripción en su cara interna: “Lourdes & Juan. 12/07/1989″. Calculé los años que llevaba casado: 21. Por su aspecto tendría entre 40 y 45 años. Se casó joven.

Pasaron los minutos. Dos, tres, siete… Pasados los diez comencé a mosquearme. ¿Le habrá pasado algo?

Entonces imaginé una hipotética escena: El hombre sube a casa sin un euro y le dice a su mujer que se ha dejado la cartera, las llaves y el móvil en el despacho. En esto ella se da cuenta de que él no lleva su anillo de casado y piensa que se lo ha gastado todo en un burdel, o tal vez con alguna querida que le creyó divorciado. O pudiera ser que en algún momento de su pasado hubiera tenido serios problemas con el juego o con el alcohol y que ella pensara en una inminente recaída nada más entrar él por la puerta sin blanca y sin su alianza (“¿y también empeñaste el anillo?”, le gritaría decepcionada).

Pero veinte minutos después apareció por fin el hombre y me tendió un billete de 20€.

- Siento la espera – me dijo con la voz entrecortada.

Le devolví el anillo y en lugar de ponérselo se lo metió en el bolsillo. Luego se marchó, cabizbajo, no de vuelta al portal sino al bar de la esquina.

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: El amor 2.0

Supuse que habrían quedado ahí mismo, en la Puerta del Sol (donde siempre quedan los nuevos, los distantes), escasos minutos antes de tomar al fin mi taxi. Él tenía la cara más roja, por el frío, que ella. Sin duda a él le tocó esperar.

Recreé la escena:

Nada más verse y reconocerse por las fotos del Facebook, o del Meetic, se habrían dado dos tímidos besos en las mejillas:

- ¿Qué tal?

- ¿Llevas mucho esperando?

- Na. Acabo de llegar – mentiría él.

- Hubo una avería en el metro – mentiría ella.

- ¿Qué te apetece hacer?

- No sé… sorpréndeme.

En función de aquella inmejorable primera impresión física (las fotos o los chats suelen ofrecer una visión demasiado sesgada del otro) él habría optado por su plan B: un lugar algo más distinguido que aquel plan A del garito cualquiera cercano a su punto de encuentro. Por eso acabaron tomando mi taxi.

- A la calle Juan Bravo, por favor – me dijo él.

Por la conversación que mantuvieron a lo largo del trayecto pude deducir los pasos previos que acabo de relatar. Se ciñeron a reproducir y ampliar la poca información que sabía el uno del otro:

- Así que te gusta Bunbury, ¿eh? Yo estuve en ese último concierto que dieron los Heroes en Valencia…

- ¿En serio? Yo estuve a punto de ir, pero al final mi amiga se rajó y me dejó colgada.

En el transcurso de aquella conversación comencé a sentir pereza. Me refiero al pacto forzoso entre ambos de quedar y comenzar su previsible historia reproduciendo de viva voz lo que ya se dijeron en el chat, buscando argumentos nuevos que añadir a lo ya dicho para ampliar y mejorar aquella imagen mental previa. Que cada cual guardara para sí mismo su secreto, el motivo individual de aquella cita, ya sea el de follar con alguien nuevo (y que no se noten tus intenciones) o el de encontrar a tu media naranja tras demasiados intentos fallidos (y que no se note tu urgencia). O que ya sólo una máquina fuera capaz de encontrar tu porcentaje de compatibilidad, calculando a base de ceros y unos quién comparte tus gustos, aficiones, deseos, o intenciones.

Yo prefiero el riesgo de la atracción incompatible.

El analógico azar de los polos opuestos.

Si no estás de acuerdo conmigo, querida lectora, te invito a una copa y lo hablamos.

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

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Foto: Ni libre ni ocupado

Ni libre ni ocupado: Algo Falla

La mujer me pidió finalizar la carrera no en la puerta de acceso a su descomunal chalet, sino dentro de su finca, en la misma vivienda.

- Saca el mando, Patri – le dijo a su hija (teenager con braquets, rubia como la madre), sentada a su lado.

La hija sacó de su bolso Louis Vuitton un mando a distancia, presionó el botón y se abrieron dos enormes puertas. Lo siguiente que vi fue un largo camino asfaltado con olmos y sauces a cada lado y un jardín cuyas dimensiones no alcancé a delimitar. Tras recorrer algo más de cien metros, el camino se bifurcaba en dos. A la derecha: el acceso a la vivienda y a la izquierda, el garaje (con un Aston Martin, un Mercedes todoterreno, otro Mercedes biplaza y un Porsche todoterreno aparcados, todos ellos, en batería).

La madre me indicó el camino de la izquierda, que moría en una plaza con su fuente central, dos estatuas a ambos lados y un pequeño estanque con peces. Ahí nos estaba esperando una mujer filipina perfectamente uniformada (cofia y delantal blancos y vestido negro), que abrió la puerta trasera y tendió su mano a la madre:

- Buenas tardes, señora. ¿Tuvo buen viaje?

- Sí. Todo bien. ¿Ha llegado ya “el señor”?

- No. El señor no regresó todavía – volvió la filipina.

Yo bajé del taxi, abrí el maletero y saqué, una por una, sus cinco maletas Louis Vuitton (a juego con el bolso de la hija).

- Déjelas ahí, joven. ¿Qué le debo? – me preguntó la madre.

- 17,55€ – dije mirando el taxímetro.

La madre sacó de su bolso un billete de 500€.

- Lo siento, no tengo nada más pequeño. ¿Tiene cambio?

- Me temo que no – dije.

- Patri, hija. Mira a ver si tienes tú algún billete más pequeño.

- Sí. Creo que sí.

La hija, de apenas 18 años, abrió su monedero y me tendió, esta vez sin preguntar, un billete de 200€.

- Lo siento. Tampoco tengo cambio de 200€ – dije.

- Pues no tengo más pequeño. ¿Tienes tú, Yuli? – le preguntó a la asistenta filipina.

La asistenta entró un momento en la casa y salió con un billete de 20€ en la mano. Lo tomé y le di los 2,45€ de vuelta.

- Espera, Yuli – dijo la madre tomando de su mano tres de las monedas del cambi0. – Tome, joven. Para que se tome un café.

- Muchas gracias – dije tomando su propina. Volví a mi taxi y me marché.

Nada más salir de su finca y cerrarse las puertas me detuve y conté la propina: 45 céntimos. ¿45 céntimos un café?, pensé. Entonces me acordé de la máquina de café de aquella empresa en la que trabajaba mi amigo Lucas. Le llamé:

- Tío. Te invito a un café de máquina en tu curro.

- Ya no tengo curro. Me han echado. Y conmigo, otros 200 más a la puta calle.

- ¡No jodas!

- Y aún nos deben tres meses de sueldo. Ahora explícaselo tú al del banco cuando me llegue el próximo recibo de la hipoteca. Como en los próximos meses no me paguen lo que me deben, me embargaran el piso, tío. Esos cabrones no se andan con hostias.

Mientras me contaba esto eché otro vistazo a la finca de aquella mujer. En uno de los pilares del muro había una cámara de vigilancia enfocada hacia mi mismo taxi con una lucecita roja parpadeando.

Reanudé la marcha y la cámara giró conmigo, siguiendo mi estela.

Daniel Díaz es, según sus propias palabras taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas. Conduce un taxi desde donde observa la vida y vive en Madrid. Escribe en el blog Ni Libre Ni Ocupado. Síguelo en twitter @simpulso

Este texto no es copyleft y ha sido reproducido únicamente con permiso del autor.

Foto: Ni libre ni ocupado

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